Archivos para agosto, 2013

Una de las cosas que se me han quedado más gravadas de mi infancia era ese reclamo del director de pista del circo cuando un equilibrista se disponía a asombrar al respetable: “¡Y ahora, más difícil todavía!”, sonaba atronadora la voz del señor vestido de frac y sombrero de copa, justo antes de un redoble de tambor que precedía a la acrobacia. Se hacía un silencio mágico y, tras la arriesgada pirueta, volvía a oirse la estridente voz del director con un “¡Ale hop! Sí señor…”, entusiasmado, que reclamaba el aplauso del contagiado público.     

            Los presupuestos de la Junta de Andalucía de aquí al 2016 van a ser una trágica acrobacia financiera. El autista Gobierno central Rajoy-Montoro ha establecido la obligación de las comunidades autónomas de recortar el déficit al 1% en 2014, al 0’7% en 2015 y al 0’2% en 2016. Mientras tanto, la Administración central y la Seguridad Social podrán endeudarse hasta un déficit del 4’8% en 2014, el 3’5% en 2015 y el 2’6% en 2016. De esta forma los dos puntos de margen en su capacidad de déficit que la UE había concedido a España, se reparte de forma desigual, pues el Gobierno se reserva para sí mismo el 70%, mientras que destina tan solo un 30% de respiro a las CC.AA. El objetivo de deuda pública fijada por Montoro para todas las CC.AA. es del 19’13% de media.

            Aguayo pidió en el CPFF que el déficit para el 2014 fuese repartido de forma individualizada para cada comunidad autónoma, no a la carta como se ha hecho ara en 2013, sino en función de la población (el objetivo del dinero transferido es financiar servicios), y no en función del PIB como se pretende, pues “aquellas comunidades que tienen un PIB más alto reciban por habitante hasta un 80% más de recursos que las que tenemos un nivel de riqueza más bajo”, ha dicho la consejera de Hacienda andaluza. Con este sistema de reparto, la desigualdad territorial respecto a los servicios que recibirán los ciudadanos, está servida.

            Ante tamaña injusticia, el gobierno de la Junta de Andalucía ha encargado a sus servicios jurídicos que estudien un posible recurso contencioso-administrativo, pues los acuerdos del Consejo de Ministros de España ni siquiera cumplen la disposición transitoria primera de la Ley de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera de 27 de abril de 2012. Del mismo modo, Cataluña y Asturias han anunciado medidas de recursos judiciales si no Montoro no atiende sus exigencias.

            Sea como fuere, la Junta de Andalucía tiene un muy escaso margen de maniobra. Todo se conjura contra la capacidad de nuestra autonomía: tiene prohibido acudir a la emisión de bonos por su cuenta, y si quiere proveerse de liquidez debe acudir al FLA, que pende sobre las cabezas de los consejeros de Hacienda de las CC.AA. como la recentralizadora espada de Damocles que es. Para colmo, las partidas de Sanidad, Educación y Servicios Sociales (Dependencia sobre todo) se llevan un 84% del presupuesto como mínimo, con lo que el recorte presupuestario que va a significar la merma en la capacidad de endeudamiento por parte de la Junta va a significar necesariamente más recortes presupuestarios. Es lo que los neoliberales llaman “austeridad” y nosotros la izquierda “trasvase de rentas”.

            Pese a los esfuerzos de la consejería de Hacienda de la Junta y de la dirección andaluza de IU y su grupo parlamentario, la confección del Presupuesto anda un tanto retrasada. La dimisión de Griñán, el proceso de primarias del PSOE-A para acabar nombrando a Susana Díaz candidata a la presidencia de la Junta, han tenido entretenido al PSOE-A en tareas internas. Tampoco ha ayudado la interinidad de los titulares del gobierno, pues Susana Díaz no se ha comprometido a mantener en sus puestos ni a los consejeros ni a los altos cargos. Más bien, al contrario: se avecina una limpia, sobre todo del equipo de Economía, Hacienda y Empleo, que, por las mismas razones que ha alegado Griñán para su “tocata y fuga”, deberán desaparecer del gobierno para que el tema de los EREs no empañe la imagen “de Andalucía”. Eufemismo con el que se quiere decir que el PSOE-A no baje más puntos frente a una IULVCA que está en ascenso, y un PP-A que podría resucitar si la jueza Alaya se empeña en dilatar la confección del sumario de los EREs..     

            Por más que el gobierno de la Junta se desgañite en proclamar la injusticia que el Gobierno central le hace a Andalucía, la gente no se va a enterar más que de lo mal que le sientan tal o cual recorte, justo el que más de lleno le haya tocado soportar a él o a su vecino. Por eso a ese mensaje de negatividad frente al gobierno central (que no debe ser omitido, el gobierno andaluz debe dar muestras de que sabe asumir los retos en positivo:

            1. Presupuesto participativo. Nada más positivo en estas circunstancias que obligan a hacer recortes, que proponer a los ciudadanos que sean ellos mismos los que definan de qué se puede prescindir y de qué no, esto es, cuáles son las prioridades de gasto, y si están dispuestos a incrementar la presión fiscal y cómo o a quiénes. Así, debería ser el gobierno en su conjunto el que establezca un método concreto para lograr este avance democrático que significa elaborar un presupuesto de manera participativa. Pero si no lo hace el gobierno andaluz como tal, deberá IU LV-CA hacerlo en solitario. No sería la primera vez, ni será la última que IU tiene que asumir el reto de hacer avanzar en solitario la profundización democrática de las formas de gobernar. Participación que se debe extender no sólo a los propios militantes, o a los aliados más cercanos, sino a aquellos que recelan de la democracia representativa, y, desbordando los obstáculos de la demagogia, ir directamente a la calle a consultar la opinión de los andaluces y andaluzas sobre dónde gastarse el dinero. ¡Qué menos se le debe a la gente que el respeto a sus opiniones! Nada de complejos, hay que ir a la ofensiva.

            2. Presupuesto pedagógico sobre el modelo del Gobierno central y de la UE. El debate sobre las líneas maestras del PJA2014 debe estar ligado a PGE2014 (origen y causa del 82’5% del dinero que los presupuestos reparten, mientras que los tributos propios aportan un 1’7% y los ingresos financieros un 15’8%) y políticas de la UE (que nos aporta un 10’3% de los ingresos). Estamos en precampaña de las elecciones europeas (las elecciones alemanas son un anticipo); pero es que estructuralmente el camino de ajuste y recorte viene determinado por la onmipresencia de la oligarquía político-financiera cuyo principal agente es la troika (CE, BCE y FMI). Si queremos que el movimiento alternativo en España se rearme ideológicamente, debe ponerle cara a su enemigo principal. Ya lo decía Mao: saber quiénes son nuestros amigos y quiénes nuestros enemigos. A Botín, González, Fainé, Amancio Ortega y Dimas Rodrigo Gimeno Álvarez (el nuevo director general de El Corte Inglés, que se ha presentado varias veces a candidato por la Falange), a todos esos, ya los conocemos. Pero debemos saber de memoria quiénes son Durao Barroso (CE de la UE), Draghi (BCE) y Lagarde (FMI), así como Warren Buffett, Slim, Georges Soros, Lloyd Blankfein (presidente de Goldman Sachs), John Mack (presidente de Morgan Stanley)… que son los especuladores que mandan en el mundo globalizado, a esos hay que clavarlos con chinchetas en nuestro bestiario particular y colectivo, para que sus rostros no se nos olviden; pues son el enemigo de clase, los que nos joden la vida cotidiana, robándonos el salario, el convenio colectivo y los servicios del bienestar, que tanto nos contó conquistar a los trabajadores, siglos atrás.  

            3. Presupuesto puntual, pero sin prisas. Pese al retraso por causas ya citadas, el PJA2014 no debe retrasarse más de la cuenta. Los andaluces no somos catalanes. Y puede calar en la conciencia ciudadana la desconfianza sobre la idoneidad de la gestión del bipartito. Eso a la izquierda no le conviene. Aunque debemos tomarnos nuestro tiempo para permitir que se despliegue el proceso participativo antedicho. Vamos, que hay que hacer lo que Cantinflas le decía al compadre a la hora de pagar en el bar: “Compadre, no te me adelantes,… pero tampoco te me atrases”.

            4. Presupuesto para el nuevo modelo productivo. Deben ser los Presupuestos del Nuevo Modelo Económico (diseñado bajo los principios de la sostenibilidad y la democratización de la economía). La ocasión la pintan calva: el PJA2014 se debe enmarcar en la nueva planificación, pues la ECA 2007-2013 (Estrategia para la Competitividad de Andalucía) acaba su vigencia este mismo año, y hay que elaborar un nuevo instrumento de planificación en Andalucía (explico la idea y me extiendo un poco más en www.andalucesdiario.es/opinion/andalucía-hacia-el-2020). Ni las dos modernizaciones, ni la “Andalucía imparable”, ni la “Estrategia para la Competitividad” han funcionado; se han perdido las cajas de ahorro, el paro creciente e insoportable es fruto de un modelo productivo basado en sectores cualitativamente poco eficientes en el contexto de un mercado globalizado (construcción y turismo), etc.

            5. Presupuesto con más ingresos. Hay que insistir en generar más ingresos propios, -aunque sean “el chocolate del loro”-. Sigue haciendo falta una reforma fiscal ecológica. Tuve el honor de estar compareciendo en el Parlament de Catalunya para hablar de la experiencia del impuesto sobre depósitos bancarios que en su día aprobamos aquí en el Parlamento de Andalucía, en cuyo proyecto de ley fui ponente por IULVCA. Cuando los grupos catalanes reacios a instaurar allí nuestro impuesto me preguntaban sobre si las entidades bancarias no iban a generar el proceso de desfinanciación como réplica, yo les puse un ejemplo: ¿No tienen Vds. el impuesto sobre el turismo? ¿El miedo previo a perder turistas ha impedido que Cataluña sea la comunidad con más turismo de toda España? Lo mismo podríamos decir de implantar aquí el impuesto sobre grandes superficies comerciales, que también funciona en Cataluña, pese a las amenazas de represalias por parte de las multinacionales de la distribución. Valga esto como ejemplo de capacidad de ampliar de tributación propia que recaiga sobre los grandes agentes económicos, y no sobre los pobres.

            6. Presupuesto sin líneas rojas, pero sí con prioridades de gasto. Los que llevamos mucho tiempo tirados al monte de la oposición política al sistema somos proclives –a veces sin darnos cuenta- a presentar nuestro discurso de forma negativa e impositiva. Y se nos olvida que cuando estamos gobernando no hace falta ser tan tajantes ni tan negativistas, pues podemos proponer y decidir. O al menos, codecidir, que no es poco. Por eso, nada de presentar nuestras ideas sobre lo que no hay que hacer como “líneas rojas” que no estamos dispuestos a traspasar, cuando podemos sencillamente presentar nuestras prioridades de gasto, en positivo. Seguro que así tenemos más posibilidades de coincidir con nuestros socios, pero sobre todo con nuestros aliados verdaderos, que son los ciudadanos. El pueblo andaluz está harto de vernos con el ceño fruncido. Prefieren vernos con una modestia de quien propone con rigor y autoridad moral las prioridades recogidas del sentir popular. ¿Verdad que todos coincidiremos en que las prioridades deben ser el empleo, el bienestar, las prestaciones contra la exclusión social para los parados de larga duración o los parados Jóvenes, centradas en el acceso a los servicios básicos para las familias, como son: alimentos, vivienda, salud, educación, atención a las personas dependientes, pagar las facturas de la luz y el agua, las necesidades de nuestros pueblos… Sin olvidarnos de que para impulsar un nuevo modelo productivo, no podemos gastarnos todo el presupuesto en satisfacer demandas sociales urgentes, sino que tenemos que destinar una parte a preparar el futuro, eso es, a la industrialización de Andalucía, y sus prerrequisitos (I+D+i, impulso de las energías renovables, apuesta por la industria biosanitaria y la industria del conocimiento, cumplir los compromisos sobre las siempre inacabadas infraestructuras).

            7. Presupuesto transparente. Hay quien piensa que Andalucía no se puede permitir el lujo de mantener en nómina a 266.000 empleados públicos. Lo que yo pienso es que hace falta una reforma de la Administración andaluza y de su Sector Público que evite ineficiencias, solapamientos, y empleados ociosos mientras se externalizan gestiones que podrían realizar esos empleados públicos. No hace falta esperar a esa necesaria reforma para implementar, vía presupuesto, algunas medidas de ahorro:

            – análisis exhaustivo para evitar externalizaciones, concesiones o contrataciones innecesarias, departamento por departamento, servicio a servicio.

            – revisar a fondo los capítulos de transferencias corrientes y transferencias de capital que van destinadas a empresas, fundaciones u otras entidades públicas, de las que el Parlamento desconoce su existencia, sus funciones, su presupuesto, su personal, las retribuciones del mismo, etc. A estos organismos opacos, ni un euro. Si tan necesarios son, que consoliden su particular presupuesto en el general de la Junta, y que pase el trámite parlamentario.

            – estudio de posibilidades de reducciones no traumáticas y pactadas de las plantillas de las empresas y organismos públicos (salvo las que afecten a salud, educación y servicios sociales).   

            8. Presupuesto ejecutable al cien por cien. Una forma de ajustar el presupuesto a las posibilidades evolutivas de los ingresos, con abuso de las modificaciones presupuestarias a lo largo del ejercicio. En efecto, un presupuesto no es sino un papel cuya ejecución no siempre se realiza plenamente, al cien por cien. Si la responsabilidad del ejercicio de gobierno va a recaer en las dos formaciones políticas que cogobiernan, debería existir un mecanismo de seguimiento de ejecución en el día a día del conjunto de las consejerías compuesto por ambas, PSOE-A e IU LV-CA. Esta fuerza política, para no hacer de convidado de piedra en la fase de ejecución del PJA2014, debe reivindicar a la nueva presidenta de la Junta de Andalucía que alguien de ella esté incrustado en el aparato de la consejería de Hacienda.

 

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Los diferentes conceptos de sostenibilidad

            La sostenibilidad es un término equívoco: todo el mundo lo utiliza, pero con significados y consecuencias a veces distintas y a veces opuestas. Los economistas, expertos y académicos no están al margen de las ideologías. Y las ideologías vienen determinadas  por la inserción de clase que les condiciona. De salida IU LV-CA se manifiesta inscrita en una ideología de izquierdas, esto es, comprometida con la ecología, la igualdad y la justicia social, insertada en la trinchera de los trabajadores y personas que padecen los problemas derivados de la hegemonía del sistema capitalista, en esta fase de la globalización neoliberal. Porque esos valores sociales que la izquierda reivindica (simplificando: ecología, igualdad y justicia), serán el corolario del sistema económico que la sociedad instaure en cada periodo histórico. Hasta la fecha, el único sistema que ha sobrevivido en el devenir de las experiencias económicas en la historia de la humanidad es el capitalismo.

            ¿Por qué la “sostenibilidad”? Porque ningún avance históricamente dado ha sido irreversible ni ha beneficiado siempre e indefectiblemente a la especie humana y su entorno natural. Así que algunos economistas traducen “sostenibilidad” como la capacidad de permanecer, como la cualidad por la que un elemento, sistema o proceso, se mantiene activo en el transcurso del tiempo. En este sentido, cuando se habla de “desarrollo sostenible” los economistas ortodoxos, tanto neoliberales como keynesianos, lo confunden con la capacidad de permanencia en el “desarrollo” que ostentan determinados tipos de relaciones de producción. El concepto “sostenibilidad” se confunde con el de “estabilidad” o inmutabilidad de los “logros” obtenidos. Pero no es esa “sostenibilidad” o sustentabilidad a la que la izquierda se refiere cuando la adopta como un valor a perseguir.

            De ahí que para estos economistas las expresiones “desarrollo sostenible” y “crecimiento económico” sean sinónimos, cuando en realidad no lo son. Más bien al revés. El desarrollismo ha preconizado una subordinación de los valores medioambientales a la obsesión por el crecimiento económico medido en términos de incremento del PIB (Producto Interior Bruto). Esta obsesión, pese a ser antigua, sigue vigente. No se libran de ella ni los comunistas chinos, ni las nuevas democracias populares latinoamericanas. Cuentan que Deng Xiao Ping llegó a decir que él no sabía “qué era el socialismo, pero sí que socialismo no era que la gente se muriese de hambre” (Hairong Lai, en las Jornadas sobre “China en el siglo XXI”, organizadas por el GUE, Bruselas, 2013). El mismísimo Evo Morales manifestaba su imaginario modernizador para que Bolivia llegara a ser como China o Suiza. Y los mismos temores le expresó Correa, presidente de Ecuador, a Martínez Alier y a algunos miembros de su gobierno que le animaban a definir un futuro pospetrolero de Ecuador. Asímismo el Partido Comunista de la India ha expresado la necesidad de desarrollar a cualquier costo las fuerzas productivas: crecer es la consigna.

            Pero no existe un crecimiento económico desmaterializado, el crecimiento angelical es una utopía, como irónicamente decía Herman Daly. La segunda ley de la termodinámica nos ha enseñado que la energía no es reciclable, nos dice Martínez Alier (entrevista de Marc Saint-Upéry, Sinpermiso, 2010). Frente a esto, la teoría neoclásica cree que la economía es un sistema cerrado donde las mercancías son intercambiables gracias a la magia del mercado, donde la oferta y la demanda regulan perfectamente los precios. Las empresas compran la fuerza de trabajo (con el coste de los salarios de los trabajadores, o de la renta de la tierra), y estos elementos cierran el circuito, después de un proceso de elaboración, transformación o producción, y de venta, obtención de beneficios e inversión, y vuelta a empezar.  

            Pero este planteamiento es falso, idealismo puro. “La economía es un sistema abierto que no puede funcionar sin cierto volumen de insumos energéticos y materiales, desde la energía solar en la fotosíntesis, hasta el petróleo o el carbón. Ese sistema produce desechos, residuos… dióxido de carbono, cadmio, residuos radiactivos, que son prácticamente imposibles de reciclar”. A esa incapacidad de responder al reto de la irreciclabilidad de algunos residuos o procesos productivos, los economistas clásicos le llamaron “externalidades”, que pretendían “internalizar” (integrarlas dentro del sistema, que debía seguir siendo cerrado) pagando un precio por su compensación. Así, esas externalidades daban lugar a unas cuentas satélite, que se añadían a las del PIB.

            Pero, como dijo Naredo, en este caso los satélites son más grandes que el planeta madre. Passet fue el primero en concebir la economía como un subsistema dentro de un sistema más amplio. Y William Rees presentó en un congreso en 1992 la idea de la “huella ecológica”. 

            Desde una justa crítica a este desarrollismo, hay estudiosos que demuestran su falacia planteando que para que se pudiera producir un desarrollo sostenible o armónico del conjunto de la humanidad, de los 7.000 millones de seres humanos que pueblan el planeta, sería necesario no sólo que los países avanzados dejasen de crecer económicamente, sino que más bien decreciesen.

            La teoría del “decrecimiento sostenible” está ganando adeptos últimamente. Georgescu-Roegen o Jacques Grinevald (“Mañana el decrecimiento”, 1979) pensaban que Europa puede vivir bien sin crecimiento. Porque frente a los que defienden que el deterioro medioambiental del planeta que provoca el crecimiento económico se evitará gracias a los avances técnicos que este desarrollo consigue (curva de Kutnets), los defensores del decrecimiento plantean el “efecto rebote” o “paradoja de Jevons” (éste detectó en el siglo XIX que, pese a que las calderas de vapor consumían menos carbón para producir cada vez más energía, sin embargo aumentaba el consumo de carbón porque el sistema desarrollista hacía aumentar el número de calderas). Desgraciadamente la crisis económica del núcleo central del imperialismo capitalista (de EE.UU. primero en 2007, y de los países de la UE desde 2008 hasta hoy y más allá) convierten en estéril el debate sobre decrecimiento sí o no, pues es el devenir del sistema mismo el que impone el decrecimiento sí o sí. El carácter sistémico de la crisis nos permite e impone centrar el debate en la sostenibilidad que debemos perseguir.

 

Desarrollo sostenible frente al crecimiento desarrollista

  ¿Qué es, pues, la “sostenibilidad” a la que nos referimos? Joan Martínez Alier habla del desarrollismo senil frente a los que hablan de ecologismo infantil. Frente a ese desarrollismo entendido como crecimiento por encima de todo, surge el concepto de “Desarrollo sostenible”. Es una expresión muy antigua, inventada en 1713 por el jefe de la guardia forestal de Sajonia, Hanns Carl von Carlowitz, que puso un elocuente ejemplo para explicarse: “Si talamos un poco de madera de un bosque él solo se regenera y sigue produciendo más madera todos los años, pero si cortamos todos los árboles del bosque desaparece y nunca más volverá a producir madera”. Como respuesta a las crisis energéticas del petróleo de los años 70, la primera ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland, recogió en 1987 este término para el informe socioeconómico de la ONU: “Nuestro Futuro Común”, definiéndolo como la capacidad que tiene una economía de cubrir las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de generaciones futuras de cubrir sus necesidades”. La economía ecológica o bioeconomía (Georgescu-Roegen) tiene ya su tradición, pese a su relativa juventud. En nuestro país Martínez Alier, José Manuel Naredo (con su enfoque ecointegrador), o desde la tradición del marxismo Manuel Sacristán, Paco Fernández Buey, Jorge Reichman, son autores que conviene citar.

Para Leonardo Boff, la definición de Brundtland tiene dos limitaciones: es antropocéntrica, pues se centra en el ser humano, y no dice nada sobre la comunidad de vida, es decir, en los otros seres vivos que también necesitan biosfera y sostenibilidad. Por eso ensaya otra definición que a continuación recogemos: “Sostenibilidad es toda acción destinada a mantener las condiciones energéticas, informacionales, físico-químicas que hacen sostenibles a todos los seres, especialmente a la Tierra viva, a la comunidad de vida y a la vida humana, buscando su continuidad, y atender también las necesidades de la generación presente y de las generaciones futuras, de tal forma que el capital natural se mantenga y se enriquezca su capacidad de regeneración, reproducción y ecoevolución”.

            Pedro Linares (Univ.Pontificia de Comillas, septiembre 2012 –los jesuítas están de moda desde que Bergoglio es el papa Francisco) sistematiza las definiciones existentes y sus deficiencias, en tres grupos:

            1º) las que proponen la sostenibilidad como respeto por el medio ambiente, o la responsabilidad social corporativa, por su carácter extremadamente limitado;

            2ª) las basadas en parámetros termodinámicos como la exergía (es una propiedad termodinámica que permite determinar el potencial de trabajo útil de una determinada cantidad de energía que se puede alcanzar por la interacción espontánea entre un sistema y su entorno) o la emergía (es la energía útil de un determinado tipo que se ha usado directa o indirectamente en las transformaciones necesarias para generar un producto o servicio; la emergía mide, la calidad de las diferentes formas de energía), que, pese a ser flexibles y sólidas, no incluyen componentes no asociados a recursos físicos o lo hacen con dificultades;

            3º) las que se centran más en los medios que en los fines, pues los medios no siempre nos llevan al objetivo deseado, o éste puede no ser suficiente; en resumen, que hay que definir primero los objetivos y después los medios, y no al revés.

            Y añade un interrogante a mi entender muy interesante: ¿Sostenibilidad para quién? En este sentido, se producen dos posiciones contrapuestas acerca de “para quién sostener”: el antropocentrismo utilitarista, y el de la ecología profunda. Su definición propone una síntesis más centrada en el antropocentrismo que en lo que él considera una extrema arrogancia de la “ecología profunda” al erigirse sus autores en heraldos de la voz de la naturaleza, pues “afortunadamente, y para nuestra tranquilidad, el planeta es perfectamente capaz de cuidarse por sí mismo, y de ajustarse para retornar a su equilibrio, sin necesidad de nuestra contribución. De hecho, no sería sorprendente que una de las posibles formas de volver a este equilibrio sea dejar extinguirse a la especie humana, dadas las molestias que le supone….” (estos jesuitas…). El argumento es a todas luces exagerado y erróneo. Pero en el fondo nos aporta un enfoque antropocéntrico de la economía ecológica que resulta interesante.

            Linares define la “sostenibilidad” como la capacidad de crear valor en términos agregados. Es un concepto ligado a la idea de “otro tipo de crecimiento”, pues para él, un individuo, una empresa o la economía de un país serán sostenibles si aportan más valor del que detraen. Entendiendo “valor” no como la plusvalía marxista, meramente económico, sino el consistente en mantener unos niveles de bienestar no decrecientes, y distribuidos de manera justa tanto intra como intergeneracionalmente. Podría valer.

            Fuera del academicismo de “los definidores”, lo cierto es que el objetivo del desarrollo sostenible es reconciliar los aspectos económico, social y ambiental de las actividades humanas, tanto empresariales como personales o grupales. Podemos, pues, hablar de varios “elementos de la sostenibilidad”: La sostenibilidad social es la capacidad que tienen unas relaciones de producción dadas de mantener la cohesión social y de obtener el interés general, por encima de los intereses particulares, el bienestar como las necesidades humanas fundamentales de Max Neff (1993) o en el concepto filosófico de “vida buena”, y en la pirámide de Maslow (1943); la sostenibilidad ambiental es la capacidad del modelo económico de hacer
compatible la actividad productiva con la preservación de la biodiversidad y de los ecosistemas en el que e desenvuelve, evitando la degradación de las funciones fuente y sumidero; la sostenibilidad económica viene a coincidir con el concepto antes analizado de la estabilidad o capacidad financiera de promover se una actividad productiva, siempre que sea a su vez social y ambientalmente sostenible; por muy necesaria que sea la actividad social o ambientalmente considerada, si financieramente no es posible ni “rentable”, no será “económicamente sostenible”. 

            Las experiencias históricas de la actividad económica se basaban en la convicción de que el crecimiento económico era potencialmente ilimitado, pues los recursos naturales lo eran. Fue la ecología la que desveló la falacia de esta convicción en la que incurrieron incluso sistemas social y políticamente más avanzados como los del llamado “socialismo real”, pese a que Marx intuyó la profunda relación existente entre el homo faber y la naturaleza.

            Marx hablaba en otra época. Pero la naturaleza está presente en Marx como el marco empírico en que se establecen las relaciones de producción. Incluso habla a menudo del “metabolismo” que el trabajo crea entre la sociedad y la naturaleza. Para él los valores de uso son el resultado de una simbiosis entre el trabajo y materia natural que transforma; así pues, la naturaleza para Marx es la segunda fuente de los valores de uso y de la riqueza, después del trabajo. Lo dice con una gráfica expresión: “El trabajo es el padre de la riqueza y la tierra su madre”.

            Dicho lo cual, queda claro que Marx no fue “el primer ecologista”, como algunos quieren presentarlo, pues no tocó el meollo de la cuestión de la íntima relación que existe entre trabajo y naturaleza; tan sólo lo rozó. Ni falta que hace, pues Marx se centró en otro objeto de estudio: la dinámica profunda del capital, las relaciones de producción, la dialéctica histórica entendida como lucha de clases. Y bastante hizo, pues acertó en el meollo de la cuestión, como luego veremos. Fue la Ecología fundada en 1869 por el prusiano Ernst Haeckel, como rama de la Biología, la que estudió las interacciones de los seres vivos con su medio. El término hacía referencia a las palabras griegas oikos (casa, vivienda, hogar) y logos (estudio o tratado); por ello Ecología significa “el estudio de los hogares” y del mejor modo de gestión de ellos.

            Establecida así como categoría “científica” (las comillas no son peyorativas: es ciencia, pero ciencia social, ¿vale?), la ecología ha establecido (John Elkington en 1994) incluso unos indicadores mecanismo de medición, la Triple resultado / TBL,  de las tres áreas del desarrollo sostenible, la económica, la social y la ambiental. Su origen en inglés (triple bottom line, TBL) hace alusión al resultado neto expresado en el último renglón del estado de resultados contables.

 

Los diferentes ejes de la sostenibilidad

            Hemos hablado de varias áreas o polos de la sostenibilidad: la económica, la social y la ambiental. Y sus derivadas: dentro de la sostenibilidad económica, podemos considerar la sostenibilidad financiera, la energética (que también se puede integrar dentro de la sostenibilidad ambiental), la sostenibilidad alimentaria, etc.

            Pero no debemos considerarlas de forma separada, pues entre estos ejes, elementos o áreas de la sostenibilidad, existen complementariedades, interacciones, solapamientos y sinergias, que les convierten en un todo inseparable: pese a que el capital natural sea en principio un input del capital económico, a partir de ciertos niveles el capital natural se convierte en sustitutivo del capital económico, como puede comprobarse en la evolución de las preferencias ambientales de los países de rentas altas; la llamada “maldición de los recursos” (cuando coinciden una abundancia de recursos de alto valor con regímenes políticos autoritarios, socialmente excluyentes, con estructuras institucionales poco solidas o inestables) demuestra que a veces el capital ambiental influye en el capital social; y a la  inversa, en sociedades sociopolíticamente avanzadas, en general se reproduce más profusamente el capital ambiental; por la misma razón, las rentas más bajas suelen padecer los agresivos impactos ambientales más que las rentas más altas, de forma que dichos impactos afectan a la estructura social; los impuestos ecológicos o verdes (acciones típicamente financieras o económicas) provocan el “doble dividendo”, esto es, la mejora ambiental y el reforzamiento del capital público necesario para el desarrollo económico; las sociedades donde abunda el capital social y humano tienen en general un capital económico más condicionado, y en consecuencia un mayor bienestar o capital social; el conocimiento innovador y creativo como característica de una clase obrera más desarrollada, permite conservar mejor el capital económico, ambiental y social. En resumen, que la sostenibilidad es una, indivisible, aunque, por razones pedagógicas, debamos considerar áreas o segmentos de la misma por separado.

 

1. El eje económico de la sostenibilidad

            A la búsqueda de un sistema económico “sostenible”, debemos saber que más allá o por debajo de todo sistema socioeconómico está la idiosincrasia del mercado. Son las relaciones de producción, la distribución de los bienes y servicios producidos y el reparto de los beneficios o plusvalías generadas, el modelo del mercado en definitiva, el que sobredetermina en última instancia el sistema socioeconómico (perdón por el lenguaje althusseriano, que está demodé). Frente al mercado capitalista que las oligarquías político-mercantiles-financieras sostienen a sangre y fuego (mediante los sistemas políticos autoritarios, dictatoriales, o bien mediante las democracias formales), el otro polo de la dialéctica infraestructural o económica, los trabajadores y las capas explotadas por el sistema capitalista buscan instaurar el mercado socialista, que a su vez sobredetermine la configuración social más adecuada a los valores que preconiza. La existencia determina la conciencia, decía Marx. Y es la lucha de clases la que permite que la dinámica social haga avanzar o retroceder los valores sociales; en último término, la sostenibilidad.  

            Por eso la sostenibilidad –tal y como la entiende la izquierda- es imposible en el sistema capitalista, por más parches que queramos ponerle, pues en su esencia están la depredación de la naturaleza y la explotación de los trabajadores, justo los valores que hacen “insostenible” al sistema. Si juntamos los grandes números de la desigualdad mundial y de la crisis ambiental, y el peligro de una catástrofe climática si no rompemos radicalmente con los métodos y la lógica económica capitalista, concluiremos como Hervé Kempf que “para salvar el planeta, debemos salir del capitalismo”. Como dice Fernando Alcalde (“Desacoplamiento”, Jornadas de IULVCA sobre Desarrollo Sostenible y Democracia Económica, Sevilla, enero 2010), “no se trata de redirigir el modelo, de cambiar en el último minuto la aguja de la vía que hace que el tren del crecimiento, que marcha a toda velocidad, colapse contra el muro de los límites físicos del planeta, postergando unas estaciones más su fin. Se trata de minorar la velocidad de ese tren, de incorporar a todos los viajeros, para que definitivamente pueden bajar y fundar una nueva sociedad”.

            La sostenibilidad es imposible en el sistema capitalista: Primero, porque los recursos de la naturaleza con los que el capitalismo pretende satisfacer las necesidades y deseos humanos para su enriquecimiento, son limitados. Segundo, porque la explotación de la mayoría social lleva en sus entrañas la semilla de su propia destrucción como sistema (o al menos, lo hace inestable y permanentemente inestable, “insostenible” en ese sentido).

            Tercero, porque el sistema capitalista, -la realidad en que cotidianamente vivimos-, sufre crisis cíclicas. Él es así, no lo puede evitar. Incluso en su variante de “capitalismo de Estado”, la constatación práctica de la teoría de los cambios cíclicos que le costó la vida a Kondratief, se sucede indefectiblemente en la historia de la economía capitalista. Se han producido 33 ciclos entre 1854 y 2009, 6 en el periodo de entreguerras (1919-1945) y 11 desde el fin de la II Guerra Mundial. Y en las condiciones de la “competencia” que el mercado capitalismo genera, se produce un fenómeno de desplazamiento de unos empresarios perdedores frente a los ganadores o supervivientes que hegemonizan a partir de entonces el mercado. En definitiva, la crisis no es sino el mecanismo de reestructuración productivo-empresarial que el capitalismo activa para depurar la hegemonía en sus propias filas.

            La ortodoxia económica, tanto la neoliberal como la keynesiana, propone como génesis de la crisis elementos secundarios, tales como el desajuste fiscal o excesivo endeudamiento de estados, banqueros y ciudadanos (los neolib), o el estrangulamiento de la demanda interna, el consumo y la inversión, como consecuencia de los fallos del mercado a la hora de fijar los precios (los keynesianos). Ambas escuelas económicas admiten las imperfecciones de sus modelos (“no sin dolor” como dice Antonio Baños en “Posteconomía”). “La nueva economía keynesiana reconoce las carencias de la microeconomía: información asimétrica, fricciones compensatorias, fallas de coordinación y, una palabra fantástica que lo explica todo, la pegosidad del mercado, o sea, la rigidez en la información. Rigideces e imperfecciones que afectan sobre todo al análisis de precios. Los neoclásicos, por su parte, afirman que en el sistema de precios, teóricamente autorregulable y perfecto, hay elementos que ellos llaman intencionales y supraintencionales, y que actúan con un peso indeterminable sobre la fijación de dichos precios. Esto viene a reconocer que el precio depende de quien lo pone. Lo haga de manera racional, supraintencional o a mala leche”.

            Son verdades a medias. La izquierda debe entender que todos esos fenómenos de la crisis se producen en torno a un núcleo que es “el ciclo de valoración del capital”: el dinero inicial del capitalista (propio o prestado) se transforma en medios de producción y trabajadores (“capital humano”, término con el que quiso disfrazar el Nobel Gary Becker a los currantes: le dan el Nobel a cualquiera), para convertirse después en mercancías (bienes o servicios, productos en definitiva), volviendo de nuevo a su forma inicial de dinero tras la venta de lo producido en el mercado. Pero en cuanto al capitalista le fallan sus expectativas de obtención de beneficios, surge “la crisis”.

           

2. La sostenibilidad financiera y la “crisis” de la globalización neoliberal

            Dicen que ha sido la financiarizacion de la economía (primacía de la actividad financiera sobre la productiva) y la desregulación financiera la que ha provocado la actual crisis de 2007. Pero no es verdad. O al menos, es una verdad a medias. El actual protagonismo de las finanzas no es algo raro dentro del capitalismo. Los movimientos internacionales de enormes cantidades de capital, a corto o a largo plazo no son nuevos. La especulación no es nueva. Y las actuales instituciones financieras no funcionan con rasgos muy diferentes a los que han funcionado toda la vida. La principal diferencia es si ha habido mayor o menor intervención del Estado. Y ello ha canalizado o retrasado el despliegue especulativo y depredador de la ambición capitalista. Pero ni siquiera esta intervención ha conseguido hasta la fecha evitar la creación de burbujas o estancamientos cíclicos.

            La financiarización utiliza el instrumento de la titulización para maximizar beneficios, reducir los recursos ociosos, proporcionar liquidez ante la existencia de activos a mayor plazo, y reducir y diversificar el conjunto de riesgos, tanto los riesgos de crédito, como los de los tipos de interés o de liquidez. Mediante la titulización las entidades esconden ciertos activos no líquidos poniéndolos fuera de balance, y eluden los requerimientos de capital de mantener ciertas reservas, reduciendo su cuantía.

            Las entidades inventan además el CDS (Credit Default Swaps) o seguros de impago de créditos. Funcionan de la siguiente manera: aseguradoras de crédito especializadas venden a un agente (no el acreedor) un seguro del pago de una deuda ante el incumplimiento del deudor; el precio es una comisión al vendedor del CDS. Si el deudor no paga la deuda, habrá que presentar físicamente el título de deuda para recibir el pago compensatorio. Pero en la práctica, cuando la empresa que emitió el título está en este punto de quiebra, el asegurado puede adquirirlo en el mercado a un precio muy inferior, obteniendo así un sustancioso beneficio. Luego estará interesado en que se produzca la quiebra.

            Así pues, con este “arma de destrucción masiva” que es el CDS, se puede asegurar algo que no se tiene, se puede cotizar en el mercado para incidir en el coste de financiación de las empresas, y así forzar una quiebra de la cual los tenedores de CDS obtendrán ingentes beneficios. Pero además, los CDS sirven para que los bancos que fueron rescatados con dinero público especulen contra la deuda de los gobiernos y así elevar su coste, incrementando el precio al que prestarán a los gobiernos. Estos instrumentos de transacciones financieras son dominadas por cuatro entidades, a saber: Goldman Sachs, Citibank, JP Morgan Chase, Bank of America (todos de EEUU) y HBSC (de GB). El capitalismo anglosajón ha envenenado la economía mediante este tipo de ingeniería financiera. Es obvio que es un juego peligroso que debe ser erradicado, prohibiéndolo a nivel mundial.

            Marx habló del arma terrible de la competencia a propósito del “sistema de crédito” en la acumulación capitalista. Pero no pudo imaginarse que la realidad del devenir histórico podía reafirmar su tesis de forma tan brutal.

            Más allá de estos excesos, las finanzas en la economía cumplen un papel importante. De Brunhoff en 2006 caracteriza a las finanzas como una forma dinero del capital, cuya disponibilidad le es imprescindible a las empresas para competir con ciertas garantías en el mercado mundial. Tanto ayer como hoy, las finanzas centralizan el ahorro global surgido en el proceso de acumulación, y organizan la circulación del dinero, las reservas, los pagos de las empresas, etc., y sobre todo configuran el sistema de crédito y la emisión de títulos. Los agentes financieros son los intermediarios y a su vez crean dinero (financian más allá del valor de lo que ya se haya producido en cada momento). Esa es la “magia” del dinero.

            El sistema de crédito evita el estrangulamiento que provocan los stocks de capital fijo, dada la mecanización de los procesos productivos. Pero para ello crea formas “ficticias” de capital que constituyen derechos a la participación en el flujo futuro de beneficios. Así, el mundo de las finanzas tiene una autonomía relativa respecto del mundo de la economía productiva, pues el “mercado de capitales” (o títulos) gira en muchas ocasiones no en torno a la oferta de fondos para la inversión de capital, sino en torno a que la mera negociación de los derechos, gracias a la especulación, crearán beneficios procedentes de la futura creación productiva.

            Por tanto no es la financiarización de la economía la que explica la crisis. Más bien es al revés: la crisis es la que genera las condiciones para que las finanzas se expandan. Portugal es el ejemplo más claro que tenemos a mano. En estos momentos (agosto de 2013) ya tiene un crecimiento económico del 1’1%, y los inversores ceban su mercado financiero, con un precio del dinero algo menor que hace dos años. Pero lo que callan los economistas neoliberales es que esta “confianza” nueva de los mercados se ha producido después de mandar al paro a cientos de miles de trabajadores y de empobrecer el país hasta un 30%. No son las finanzas la causa de la crisis, pero sí son su motivación, pues en los mercados financieros se negocian los títulos de propiedad que permiten valorizar el capital-dinero mediante la obtención de intereses, dividendos y plusvalías. Pues más allá de los mercados primarios, los mercados financieros y de derivados (mercados secundarios), al agregar los capitales individuales y el ahorro en unidades financieras mayores, son indispensables para la formación de sociedades por acciones, y permiten ampliar el tamaño empresarial y el volumen de la producción. 

            En este sistema capitalista guiado por los dogmas neoliberales, el sistema de crédito ha generado la sobreproducción y el desmadre especulativo. Se ha expandido el mercado y se ha acelerado el desarrollo material de las fuerzas productivas, a costa de disciplinar a gobiernos y trabajadores, cargando en sus espaldas los costes de la crisis. Dicho lo cual, hay que añadir que no siempre que una empresa opera en esos mercados significa que está especulando. Esos títulos de capital ficticio son tan indispensables como el capital fijo mismo.  

            Es cierto que la economía globalizada y tecnocratizada se ha financiarizado, y que los banqueros y otros agentes generadores del dinero (grandes empresas) han abusado de la desregularización preconizada por los neocon. Pero la izquierda debe huir de la trampa de echarle al modelo las culpas de la crisis:

            – la izquierda debe desmitificar la connotación peyorativa con que suele referirse a las finanzas, atribuyendo a los banqueros la exclusiva o principal causa de la crisis. Hay otros agentes. Y además de esto, porque no es posible separar los ámbitos financiero y productivo tan drásticamente, y porque otras finanzas son posibles.  

            – la crisis tiene por objeto reintroducir una fase de acumulación del capital. La crisis es la otra cara del crecimiento económico insostenible. No hay oposición entre el capital financiero y el capital productivo, sino más bien una competencia de capitales a nivel mundial facilitada y profundiza por la liberalización financiera. Son las propias contradicciones sistémicas las que generan la crisis, no elementos externos al capitalismo ni errores de gestión. La reactivación del beneficio del capital se logra mediante las quiebras empresariales, la caída de las cotizaciones de diversos títulos, la posibilidad de externalizar ciertas partes de la cadena de valor, redefiniendo el papel de la periferia en esta reestructuración teniendo en cuenta las necesidades de acumulación en las economías desarrolladas; etc. Para seguir generando beneficios en mayor medida cada vez, el capitalismo necesita acumular y centralizar el capital para invertirlo a su capricho. La actividad financiera utiliza el dinero ocioso para reproducir permanentemente su negocio, que es el crédito, generándose el capital a interés y los mercados financieros nacionales e internacionales. Dinero ocioso excedente de las plusvalías extraídas por el capital tanto en su actividad productiva como financiera, y a su vez del ahorro de los trabajadores.

 

3. La sostenibilidad social

            El objetivo último de toda actividad económica debería ser la felicidad de los hombres y mujeres a nivel individual y colectivo. Pero en el sistema capitalista la dinámica productiva y financiera que hemos descrito no conducen a eso, sino más bien a todo lo contrario: no sólo el trabajo humano, sino las personas mismas son tratadas como simples mercancías. Y en el mejor-peor de los casos, como “recursos humanos” del sistema, nunca como los participantes y protagonistas necesarios del proceso. Las personas y los pueblos son explotados. Y aunque el término no es de Marx, pues su precedente en el análisis político-social se encuentra en el pensamiento utópico de Babeuf; Robert Owen, Henri de Saint-Simon; aunque son Marx y Engels, quienes desarrollan una completa teoría filosófica sobre la explotación. Son dos dimensiones de un mismo fenómeno. Ambos requieren nuestra atención a la hora de diseñar un modelo de desarrollo sostenible.

          a) La dimensión personal de la explotación insostenible

            Mientras haya capitalismo habrá explotación. Pero en tiempos de crisis la explotación conlleva connotaciones diferenciadas. Decimos, y con razón, que la crisis es una estafa de los banqueros y los políticos (Alberto Garzón, “La gran estafa”, Ed.Destino, 2013). Pero más allá de esta acertada afirmación, hay que escarbar en la dinámica que esta estafa impulsa. Para que se produzca una estafa hace falta que exista un engaño: que los estafadores oculten la verdad de sus intenciones y de los resultados que prevén (lo que realmente se produce en las crisis del sistema) y que los estafados desconozcan estas intenciones y se subordinen resignados al engaño que los estafadores. Pero en el segundo polo de la presunta estafa, solo a medias se produce satisfactoriamente el resultado que los capitalistas estafadores pretenden, pues los trabajadores y los ciudadanos en general cada vez se dejan manipular menos por la alienación que la clase dominante pretende inocular en sus conciencias.

            Se produce, pues, una doble contradicción en la crisis entendida como una estafa: de un lado, una vez creada la situación de crisis económica, para reproducirse como sistema social dominante, el capital debe reestructurar el mercado y chantajea a los ciudadanos (para esquilmarlos) generando el espejismo de una presuntamente ineludible disyuntiva: o se les permite a los capitalistas recomponer los mecanismos de resurgimiento de crecientes beneficios, o será el caos. La disyuntiva tiene trampa, pues propone una estrategia económica equivocada, pues “al negarse a costear inversiones esenciales, los políticos están perpetuando el paro y sacrificando el crecimiento a largo plazo”, prevé Paul Krugman. En esta fase de reestructuración salvaje del capital que preconiza el neoliberalismo consecuente, el capital necesita echar lastre fuera; el exponente más claro de la pugna entre el capital y el trabajo, saldada de momento con una aplastante victoria del capital, se manifiesta en aspectos como: la disolución de la conciencia de clase en los trabajadores (mediante la extensión del consumismo, el acceso fácil al crédito de los hogares y el capitalismo popular), división de los trabajadores entre sí (divide y vencerás) entre parados y ocupados, entre precarios y contratados a tiempo completo, entre empleados públicos y privados, la división y minimización del poder sindical, etc.

            Todo ello como prerrequisito para el abaratamiento de los costes salariales directos (desnaturalización y reducción del Derecho del Trabajo, reducción de los salarios, proliferación de las jornadas a tiempo parcial como forma regresiva de reparto del escaso trabajo que genera el nuevo productivismo neoliberal, contratación por horas, mercantilización de las relaciones laborales, supresión o reducción de los permisos vacacionales, del descanso diario, semanal y anual, etc.) o indirectos (deterioro previo a la privatización de las instituciones del Estado del bienestar: copago de la sanidad, cierre o reducción del horario de apertura para los usuarios de los centros de salud, ambulatorios y hospitales; reforma regresiva de la docencia universitaria, de la I+D, de la escuela pública en general; congelación presupuestaria de la atención a la dependencia, reducción de la protección social y al desempleo; y privatización parcial de los sistemas públicos de pensiones, desnaturalizando su carácter de rentas sustituidas de los salarios; etc.). Y diferenciación entre las condiciones de producción y extracción de beneficios entre las pymes y las grandes empresas.

            La oligarquía político-financiera lo llama “reformas estructurales” (reforma laboral, reforma de la negociación colectiva y reforma de las pensiones). Pero el objetivo es otro. Como ha diagnosticado François Houtart, uno de los objetivos que van cumpliendo a la perfección es la eliminación del Estado y de lo público”. Tiene razón. Pues uno de los ejes del Estado social es la alianza con los sindicatos, y estas reformas lo hacen saltar por los aires.  

            Especial mención merece el mecanismo que hemos enunciado de pasada como “capitalismo popular”, consistente en compartir las clases medias altas y los rich working los beneficios del capital financiero, mediante el keynesianismo de precio de activos que diría Robert Brenner. Liberada de ataduras como podría ser la diversificación obligatoria entre la banca comercial y la banca de inversiones, la banca tradicional ha sufrido una profunda transformación: ha desplazado su negocio tradicional como consecuencia del auge de los mercados financieros, cambiando radicalmente su actividad, especializándose en la intermediación financiera, y buscando ávidamente quedarse con parte de los ingresos de los trabajadores, profesionales y clases medias, embaucándonos a todos con las operaciones con tarjetas de crédito, los créditos al consumo (psicología del consumidor compulsivo), la concesión de préstamos hipotecarios, etc. Proceso que nos aliena y nos desclasa, convirtiéndonos en “capitalistas” de meras apariencias, mientras la oligarquía político-financiera va desmantelando progresivamente el Estado del bienestar.

            Pero también se manifiesta en el retroceso respecto de los avances conquistados hasta ahora en la integración del cuidado medioambiental; y hasta en la institucionalización de la participación popular, la democracia como modelo de convivencia, la política como valor.

            La salida de la crisis que nos imponen es la renuncia a la consecución del avance de los valores solidarios, la renuncia al advenimiento del mercado socialista como alternativa y la institucionalización de las libertades democráticas. Reestructuran el sistema productivo según sus propias prioridades, recomponen a nuestra costa el sistema financiero, y modifican a su favor la distribución del ingreso y el beneficio. Y para ello prescinden cada vez de la zanahoria y utilizan simplemente el palo.

            Por otro lado, los trabajadores y los ciudadanos cada vez se tragan menos la mentira de la clase dominante, cada vez están menos resignados frente a la realidad de su explotación. Sí, existe la intención de estafar, pero los ciudadanos y los trabajadores ya no se dejan así como así. Incluso aunque se resignen ante la situación propia o colectiva de su clase, ya no se dejan engañar. Alguien ha afirmado que este sistema capitalista es “de adhesión”: las personas se adhieren a la consecución de las condiciones que les impone el sistema mientras les interesa, bien porque son ellos mismos los privilegiados por el sistema, bien porque no tienen más remedio y su situación de penuria es más soportable que los presuntos males que el cambio comportaría.  Pero cada vez es mayor la “desafección” y menor la ”adhesión”. Y por tanto, aunque la gente no lo llame así, en realidad la dinámica de confrontación social que está proliferando en los más diversos países del mundo, no es sino la manifestación de la lucha de clases cada vez más consciente entre el capital y el trabajo, los dos polos protagonistas de las relaciones de producción del sistema capitalista.

            b) La dimensión geográfica de la explotación insostenible

El proyecto capitalista pretende globalizar todo, menos los derechos. Hemos hablado de las asimetrías internas en las distintas clases sociales que el capitalismo neoliberal produce. Hay quien piensa (Antoni Baños Boncompain en “Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal”, Ed.Los libros del lince, mayo 2012) que esta globalización neoliberal ha estructurado en castas la sociedad, como si pretendiera establecer una Nueva Edad Media (NEM). Es una tesis interesante. Pero prefiero seguir hablando de clases en lucha, aunque se le incorporen los elementos de desestructuración feudal que el citado autor propone.  

Pero el neoliberalismo reproduce también asimetrías geográficas: unos países se sienten agobiados por sus déficits por cuenta corriente, o sus déficits en la balanza comercial, o por la deuda soberana con que obtienen liquidez, a la vez que son absorbidos por el remolino de los poderosos mercados financieros; y mientras, países como Alemania, China, Japón y muchos no desarrollados, pero exportadores de petróleo, han acumulado excedentes derivados de su capacidad exportadora. Esas diferentes condiciones constituyen un marco de integración asimétrica de las diferentes economías nacionales en la economía mundial. La mundialización de la economía se ha producido con una configuración desigual del capitalismo mundial: los países periféricos pagan los costes más severos de la crisis financiera, lo mismo que los trabajadores en el ámbito de las asimetrías internas. Y de momento no hay un mecanismo que corrija y equilibre los desajustes financieros.

No obstante hay que reconocer que la “comunidad internacional” se ha reunido para regular el sistema financiero varias veces en la ciudad suiza de Basilea: el acuerdo llamado Basilea I de 1988 impuso a la banca un mínimo de capital propio del 8% de los activos con riesgo; el Basilea II en 2004 impuso que el riesgo crediticio se calcule a partir de la información proporcionada por las agencias de calificación; por el acuerdo de Basilea III en 2010 los bancos tendrían que triplicar en un 7% del total de sus reservas, el capital mínimo de calidad (acciones ordinarias más resultados acumulados) aumentar del 2% al 4,5% de los activos ponderados por riesgo gradualmente entre 2013 y 2015, el capital Tier I (acciones comunes y las utilidades retenidas, las participaciones preferentes, híbridos de capital y deuda sin pagar) desde el 4% al 6% en 2015, multiplicar gradualmente entre 2016 y 2019 dos “colchones de capital” (primero, colchón de conservación de capital, equivalente al 2,5% de los activos ponderados por riesgo, y colchón de alta calidad para final de 2019 del 7%, manteniendo el requisito mínimo de capital Tier I del 8%, aunque teniendo en cuenta la creación del colchón, este pasa al 10,5%; y segundo, colchón de capital anticíclico de alta calidad, entre el 0% y el 2,5%, que podrá ser requerido de acuerdo a las necesidades de cada país signatario del acuerdo. Juntando ambos colchones, llegamos a la conclusión de que el requisito de capital mínimo puede llegar al 13%).

Sí, ha habido regulaciones del sistema financiero. Incluso se ha hecho un listado de los paraísos fiscales existentes en el mundo. Pero ¿de qué ha servido todo esto, si no existen ni gobierno mundial con poder para hacer cumplir estos acuerdos y quienes tienen que perseguir las transgresiones son los servidores del capital financiero? Es como poner a la zorra a cuidar las gallinas.  

            Detrás de esta estrategia de giro “financierista” del capital está la estrategia de mantenimiento de la hegemonía por parte de EE.UU. Reagan provoca en 1986 el “Big Bang”, con un giro monetarista unilateral que pretende evitar realizar los ajustes necesarios en su balanza de pagos. No era la primera vez que los USA ejercían su poder financiero de forma unilateral: en 1944 se niegan a realizar una política restrictiva para mantener la paridad de 35 dólares la onza de oro, y en la reunión de Bretton Woods establecen el dólar como patrón para los cambios. El proceso de desregulación bancaria se ultima en 1999 cuando el entonces presidente Clinton deroga la ley Glass-Steagall, que separaba la actividad de la banca comercial y de inversión, autorizando así la titulización de hipotecas, y los productos derivados, la posibilidad de proporcionar préstamos sin garantías ni documentación, e incluso los CDS, reconocidos posteriormente como “armas financieras de destrucción masiva”. En 2004-2005 se procede a la exención gradual a los bancos respecto de las normas sobre préstamos abusivos.

            Con el papel central del dólar en la economía internacional, -apoyado por la dependencia de muchas economías de la demanda de exportaciones procedentes de EEUU, que implica la  necesidad de sostener el dólar-, los yanquis han logrado también financiar su hegemonía militar (Agfanistán, Irak, Libia…) hasta ahora, en que parece resentirse la máquina de hacer billetes por parte del Tesoro estadounidense. Pero sobre todo, las empresas USA han conseguido financiar los flujos de inversión en el exterior, y controlar así los nódulos decisivos de la cadena de valor en la mundialización productiva. El mantenimiento del patrón dólar  les ha permitido en tiempos de crisis como la actual repercutir buena parte del coste del ajuste deflacionario en el resto de los países del mundo, tanto en los países de otros centros regionales (UE, Japón), como en los países periféricos. Es su moneda pero es nuestro problema.

            Mientras, la desregulación financiera en Europa se produce de forma más lenta, pero coincidente con el proceso de integración europea, hegemonizado por la ideología y gestión neoliberal. Es lenta, pero segura: en 1998 se establece un mercado europeo de bonos que compite con los mercados anglosajones (Londres y Nueva York) y Tokio. Y aunque de forma desigual, se produce una pugna sorda entre EE.UU., que quiere revaluar el euro para mantener su hegemonía en los intercambios internacionales, y la UE, que se resiste a que el euro se desmorone y pierda competitividad.

            El dinero es un disfraz de las relaciones sociales de producción, no un mero medio de cambio. Lenin, Rosa de Luxemburgo y otros clásicos del marxismo habían considerado la “exportación de capitales” como una forma de imperialismo. Pero hoy se completan estas consideraciones a través de la experiencia acumulada en las diversas crisis del capital internacional, respecto de la utilidad de la desregulación financiera para: liberar de trabas a la circulación del capital, canalizar las relaciones asimétricas entre estados, y reflejar la pugna interimperialista entre la UE y EE.UU.

            El crecimiento económico insostenible del capital, en general, y la crisis en particular ahondan la desigualdad, creando bolsas de pobreza, polarización social y marginación. José Luis Sampedro en el Prólogo del libro de Rolando Astarita “El capitalismo roto” (Ed.La linterna sorda, Madrid 2009) se escandalizaba de que la FAO en 2008 no haya encontrado estados suficientes para recaudar menos de 20.000 millones de dólares necesarias para erradicar el hambre en el mundo, mientras que los gobiernos “han sacado cientos de miles de millones para ayudar a los financieros, principales culpables de la crisis”. Los dueños del dinero trasladan sus inversiones hacia los activos refugio (el dólar en el ámbito mundial, el bono alemán en e ámbito europeo). Este fortalecimiento de los fondos de esos países desarrollados presiona a la baja sus tipos de interés, y por ello pueden pagar su deuda a un coste menor que el resto de los países. Así, la prima de riesgo de la deuda soberana española no es sino la comparación de los tipos de interés a los que tiene que pagar los préstamos bancarios España respecto de los de Alemania. Ahora mismo estamos a unos 250 puntos (2’5% más de interés) y hemos llegado a estar a casi 700 puntos (¡un 7% más!).

            La insostenibilidad sistémica se manifiesta en todo su esplendor en el proceso de reorganización neoliberal de la economía que pretende redefinir la inserción externa de los países periféricos en función de las necesidades de valorización del capital global. La crisis de la deuda externa de 1982 de los países sudamericanos y otras zonas de la periferia económica mundial es paradigmática: sirvió al propósito de la reestructuración económica mundial, no sólo al aparente motivo de la diversificación del riesgo para los inversores internacionales. El Tesoro USA presionó a estos países a pagar su deuda, y con ello frenó en seco el intento de industrialización o sustitución de las importaciones llevado a cabo por sus gobernantes nacionalistas. A cambio de los préstamos del FMI, el BM y la banca privada generó burbujas especulativas, déficits de la balanza comercial y salidas de los ingentes beneficios procedentes de las inversiones. Estas salidas de capitales presionan hacia la depreciación del tipo de cambio y la elevación del tipo de interés. Para financiar su deuda tienen que pagar los préstamos bancarios a elevados niveles de rentabilidad. Al mismo tiempo, sus importaciones se encarecen por la depreciación cambiaria. Todo ello eleva el coste real de la deuda contraída en divisa extranjera.

            La reestructuración impuesta por los agentes globales del capital (FMI, Banco Mundial) es mayor que la que se les impone a las economías centrales. El paquete de recetas neoliberales de ajuste económico es siempre el mismo: privatizaciones, reformas laborales, apertura de los sectores regulado: el paro masivo, la precarización del empleo, la bajada del poder adquisitivo y los recortes salariales, el aumento de trabajadores por cuenta propia como salida de supervivencia, la reducción de la protección social y de las instituciones del bienestar, etc. son mayores en los países periféricos de la economía globalizada que en los centrales.

            La única posibilidad de recuperación viene de la mano de las exportaciones. Todo se resume en acumulación y centralización del capital. En Argentina, México y otros países cuyas economías antes se consideraban “milagro”, estas burbujas crean una situación insostenible económica y socialmente, que acaba por explotar. Como siempre, son los trabajadores los que sufrieron las consecuencias de la crisis. Para cerrar el ciclo de acumulación y valorización del capital, el FMI exige privatizar los restos del Estado “deudor”. Y de nuevo se inicia el ciclo.

            Hoy el capitalismo es más coherentemente insostenible que nunca. Porque las contradicciones del sistema se han agudizado con la globalización. Dentro del corte sincrónico de la estructura histórica de las relaciones de producción, añadamos la dimensión geográfica, y veremos cómo el capital va exprimiendo el limón unas veces a unos países, y otras a otros. Durante siglos el eje imperial se centró en Europa, y los recursos explotados (materiales y “humanos”) fueron africanos, latinoamericanos, asiáticos. Después la depresión llegó al nuevo eje del capital, a EE.UU. Y hoy les toca a los países europeos supuestamente “avanzados” sufrir las crisis del sistema en forma de depresión encubierta, de recesiones profundas e intermitentes, a las que no se le ve el fin.

            Digámoslo claro: el proceso globalizador fue una apuesta de los EEUU para mantener su hegemonía. Y la provocación de la crisis financiera, también. La gran estafa de la crisis consiste precisamente en hacernos creer que la lógica del capital tanto en la génesis de la crisis como en la salida de ajuste fiscal que nos proponen, es neutra. Nada más lejos de la realidad: ni desde el punto de la lucha entre capital y trabajo, ni respecto de los conflictos regionales por la hegemonía mundial, como lo prueba el papel desempeñado por la crisis financiera en el devenir de la Europa del euro. John Weeks (2011) lo recoge explícitamente: “La crisis de la zona de la moneda euro es un excelente ejemplo de cómo se pueden convertir mentiras flagrantes en sabiduría aceptada. Casi toda generalización sobre la crisis que se encuentra en los medios de comunicación es falsa”.

            La crisis ha demostrado que la consigna neoliberal de no injerencia en el mercado por parte de los Estados no es un principio inexorable: lo es a la hora de repartir beneficios, pero no de socializar las pérdidas que los capitalistas han provocado. De los más de 200.000 millones puestos por el Gobierno de España al servicio de la “recuperación” de la banca, ya sabemos que al menos 36.000 van a ser irrecuperables para nuestros bolsillos colectivos. Pero también es falso que la crisis de los PIIGS o periferia europea (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, eSpaña) se deba al elevado gasto social, y menos al Estado de Bienestar (el coste de su educación pública, de su salud, de sus pensiones, de sus becas, de la atención de sus mayores, etc.) de estos países, o al “elevado” salario medio de sus trabajadores. 

            Los neoliberales han reaccionado después de un primer momento de titubeo y de sorpresa ante la que algunos llaman Gran Crisis Financiera (John Bellamy Foster y Hannah Holleman en “La élite del poder financiero”, Sinpermiso, 2010). Lejos queda el momento en que Sarkozy enunciaba el final del capitalismo y la necesidad de buscar otro sistema económico. Al principio de la Gran Crisis Financiera sonaba con fuerza la palabra “capitalismo” en los medios de comunicación y en los análisis de los comentaristas, académicos o no. Poco duró esta orientación autocrítica de los neoliberales. En seguida empezó a hablarse de otras cosas: que si hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que si el gasto estatal, que si las rigideces del mercado laboral, que si los sistemas públicos de pensiones son “insostenibles”, lo mismo que la salud pública, etc. 

            Y pronto empezaron a notarse los corrimientos de los ejes que configuran las hegemonías regionales en el ámbito planetario. EE.UU., luchando por la supervivencia de su hegemonía como primera potencia mundial, le condiciona a China su advenimiento al primer puesto, forzándole a la ralentización o enfriamiento de su crecimiento económico. Remy Herrera analiza las presiones que EE.UU. han intentado ejercer sobre la economía china, exigiendo a los dirigentes del PCCh y el gobierno chino que revalúen el yuan, cuyo peso está siendo sostenido por titánicamente por China. EEUU continúa devaluando el dólar en una clara guerra de divisas. Lo mismo hace la UE. Pese a todo, el yuan resiste y se está poco a poco internacionalizando: su política monetaria y financiera funciona con mecanismos cada vez más normalizados (incluso con productos derivados), y los objetivos de alcanzar la confianza de los mercados y el control inflación, están cumplidos. Los gobiernos neoliberales del mundo capitalista quieren que se liberalicen las finanzas chinas, que se pongan bajo la batuta de los EEUU, ese es el problema. Pero Pekin mantiene su pragmatismo. Así, las grandes presiones chocan contra un muro. Sarkozy quería que se introdujera en el mercado bursátil. Pese China (que no es una potencia socialista, pero sí está poniendo bases para ello, como dijo Samir Amin en las Jornadas antes citadas) mantiene grandes bancos públicos, el control del crédito bancario, y una intervención estatal eficaz en los sectores punta de su economía… Los neoliberales lo tildan de arcaico y obsoleto. Pero el PCCh no confunde modernización y liberalización. Por el momento, el colapso financiero capitalista no llegará a China.

            Asimismo, la disputa por el reparto del petróleo ha cambiado la geopolítica, pasando del apoyo a las dictaduras africanas y asiáticas de los países con cultura islamista, al apoyo del florecimiento de las primaveras árabes, que derivan tanto en Irak, como en Egipto o Túnez, en enfrentamientos civiles y en hundimientos de sus depauperadas economías.

            Y en la UE, la Europa a dos o más velocidades es ya un hecho, amén del hundimiento del crédito ciudadano concedido al proyecto del euro. Hoy sabemos que el BCE sirve a duras penas para sacar a flote a la banca de los países periféricos europeos; para exigir ajustes durísimos y controlados desde fuera de las condiciones de vida y de trabajo de sus poblaciones; pero sobre todo, para incrementar los superávits comerciales que Alemania ha acumulado desde la creación del euro hasta la fecha. Período que viene a coincidir (¡qué coincidencia tan rara!, ¿no?) con los déficits generados en los PIIGS. Por no hablar del final de la ficción democrática, desde el momento en que allí donde se precisa, la UE impone gobiernos tecnocráticos (Grecia, Italia), cuando no impone los controles de los “hombres de negro” enviados por la troika (CE, BCE y FMI). ¿Tecnócratas equidistantes del conflicto ideológico y político entre la derecha y la izquierda? Franco, años después de haber accedido a la Jefatura del Estado mediante un golpe de estado, recomendaba: “Haga usted como yo: no se meta en política”. Monti, Papademos tampoco se meten en política… curiosamente tan solo tienen antecedentes en la Trilateral, Goldman Sachs, el BCE, el Banco Mundial, etc., las instituciones paradigmáticas del poder del capital.

            Los voceros del sistema ven “brotes verdes”, “luz al final del túnel”, o simples “indicios de recuperación”. Pero no nos dicen que a la vuelta a la normalidad no nos espera la sociedad de opulencia, bienestar  y ocio que ilusoriamente nos construyeron. El violinista belga Prigogine dice que “en los fenómenos complejos, nunca se pueden extraer conclusiones inductivas”. Lo que dicho en castellano quiere decir que lo que pasa, nunca vuelve a ocurrir de la misma manera. Antes lo había dicho Heráclito.

            La Gran Crisis Financiera ha venido para quedarse. Se observa un intento de presentar la Gran Crisis Financiera como un momento más de las crisis periódicas y recurrentes del capital, aunque tal vez un poco más duro. Este es el enfoque de Carmen Reinhart y Kenneth S. Rogoff  (“Esta vez es diferente” Ed.Fondo de Cultura Económica de España, 2011). Pero el actual impulso del incremento de los beneficios, que ya dura varias décadas, “no tiene precedentes en la historia”, piensan Bellamy y Holleman. Paul Swezzy calificó en 1997 esta financiarización del proceso de acumulación del capital, de mutación en la economía capitalista (John B. Foster, “La financiarización de la acumulación”, Monthly Review. núm.12 “El despliegue de la segunda Gran Depresión”, Nov.2011). Antes, las burbujas financieras se producían en la cumbre del ciclo económico, en lo que Marx llamaba “plétora del capital monetario”. Pero hoy las burbujas financieras son el producto cotidiano de la financiarización, que provoca el estrangulamiento  de la economía. Durante un tiempo estimulan la economía subyacente, pero conducen inevitablemente a incrementar la inestabilidad financiera. Esta economía de casino es vista por Sweezy y Minsky como algo nuevo en la historia del capitalismo, como el “capitalismo de administradores de dinero”, o el advenimiento del “capital monopólico-financiero”. Las finanzas son el cuartel general del capital financiarizado que funciona en red, sin más jerarquías que las que impone la mayor disponibilidad de capital para invertir y ganar en el casino global.

            La conclusión de todo esto es que, con este sistema, ni los países africanos lograrán una revolución industrial que les permita desarrollar una sociedad de ocio como la que hemos conocido durante siglo y medio los europeos, ni en China crecerá el bienestar burgués hasta ser un nuevo emporio del consumo como EE.UU., ni las vacas gordas volverán a la UE. Los capitalistas han decidido que en España sobran unos siete millones de trabajadores, y en la UE unos 30. Y los están excluyendo del proceso productivo y de la vida social. Las generaciones de nuestros hijos y nietos vivirán peor que nosotros, y los avances producidos por la tecnociencia serán privatizados, desigualmente producidos y distribuidos. Y para colmo, el sistema capitalista ni siquiera garantiza que la orientación que les impulsa es para beneficio de la humanidad, y no para su exterminio mediante la generación de guerras, hambrunas, epidemias, y demás.

            Tan complejo y opaco se había vuelto el capital financiarizado y global, tan concentrado e irracional, que difícilmente se podía producir una reflexión autocrítica que condujera a un nuevo modelo de capitalismo más humano. Se han acabado los “modelos” dentro del capitalismo, pues en él no es posible una solución humanamente aceptable a la crisis permanente que genera.      

            c) El caso concreto de la UE y el proceso del euro

            Los objetivos perseguidos en el diseño del proyecto económico europeo son: expansión del capital,  con el corolario de su progresiva concentración y centralización; convergencia económica de los países integrados; competencia política con el capital de EEUU, con la vista puesta en el desplazamiento del dólar por el euro, para que el euro desplace al dólar; y modificación radical de la relación salarial.

            Pero el diseño ha resultado ser un estrepitoso fracaso. Partía de una clara ingenuidad: confiar en que el mercado y la sola voluntad política de los dirigentes asociados iban a imponer por sí solos la convergencia socioeconómica de la eurozona, incluida la previsión de los avatares cíclicos del sistema. Nada de eso se ha producido.

            El Informe Emerson en 1990, llamado “One Market, One Money” preveía que la UE entraría en un círculo virtuoso de crecimiento acumulativo, acompañado de una reducción en los diferenciales de tipos de interés entre los diferentes países miembro, que produciría una mejora en la estabilidad de precios y un mayor control de la inflación garantizado por la transferencia de la política monetaria del BCE; junto a ello, la CE (Comisión Europea) estimularía la inversión mediante el reparto de los diferentes y cambiantes capítulos presupuestarios (de los que más de un 40% se ha destinado siempre a la PAC); a su vez esperaba este informe que el euro adquiriese un papel internacional central. Todo ello a cambio de renunciar  al mecanismo de la política monetaria, esto es, a la modificación unilateral del tipo de cambio por parte de los Estados. Estos mantenían otras herramientas de política económica para manejar las situaciones coyunturales de especial dificultad (política fiscal y mercado de trabajo: flexibilidad de precios y salarios, movilidad de los factores productivos, sobre todo las condiciones salariales y laborales de los trabajadores).

            Sí se logró incrementar la rentabilidad de los capitales financieros e industriales: se amplió su volumen de negocio mediante la supresión de las barreras a la movilidad de los capitales (libre circulación de capitales y de mercancías, pero no de trabajadores, pues el tratado de Schengen pone todas las barreras posibles a la inmigración); se aumentó el nivel de dependencia del sector productivo y los hogares respecto de las finanzas; se redujo la presión de los costes salariales de los trabajadores europeos, y se trasladó su bienestar presente y futuro hacia su capacidad individual o familiar de endeudamiento, permitiendo el acceso a los créditos hipotecarios y de consumo para suplir las pérdidas de poder adquisitivo de los salarios; pan para hoy y hambre y desahucios para mañana.

Ya lo pronosticó Pedro Montes cuando dijo que el euro tendrá que seguir soportando por mucho tiempo los inconvenientes de ser la moneda común de diferentes y hasta cierto punto bastante compartimentadas economías y las carencias políticas de ser una moneda no respaldada por un único Estado o poder político. Por lo demás, el euro impone a todos los países un contexto excesivamente restrictivo y rígido para resolver sus problemas y atender las aspiraciones sociales (“La historia inacabada del euro”, año 2001, ed. Trotta).

            Varios han sido los factores que han provocado este fracaso:

1º) El proyecto de la UE era insostenible desde el puntos de vista de los objetivos planteados: Entre los objetivos faltaba una referencia explícita a necesidad de la convergencia real de las economías que partían de diferentes niveles de productividad; ni se planteó como objetivo la nivelación entre los diferenciales de paro, de capacidad de empleo, de diferentes capacidades en las estructuras institucionales que regulaban sus mercados de trabajo, o en los diferentes puntos de partida en la previsión pública de bienestar social.

2º) El proyecto de la UE era insostenible desde el puntos de vista social. Pese a los desmesurados costes de la integración para garantizar el bienestar de los ciudadanos europeos y la viabilidad del proyecto, la insignificancia del presupuesto comunitario ha resultado ser la pieza clave de la incapacidad del proyecto para promover la convergencia en derechos y modelos económicos de los diferentes países de la Unión. La Estrategia Europea para el Empleo ha consistido en incrementar la flexibilidad de los mercados de trabajo (“flexiseguridad” lo han llamado con todo descaro), deteriorando las condiciones de trabajo y bienestar de los trabajadores y debilitando la posición de los trabajadores frente al capital.

3º) El proyecto de la UE era insostenible desde el puntos de vista político. La insuficiencia institucional: no se realizaron las reformas necesarias para consolidar el proyecto. Como autoridad económica realmente eficaz, sólo se creó el BCE para la gestión de la moneda única, pero con el único objetivo expreso de controlar la inflación, y con la prohibición taxativa de adquirir deuda pública emitida por los Estados miembros, lo que ha facilitado la especulación de las entidades bancarias más poderosas contra la deuda soberana de determinados Estados periféricos.

4ª) El proyecto de la UE era insostenible desde el puntos de vista financiero, pues la disciplina fiscal común ha permitido tan sólo ha permitido que el euro acabara siendo aceptado como moneda de reserva a nivel internacional, es decir, como medio de pago internacional. Pero ha logrado ser la moneda central, ni ha impedido los intentos de desestabilización de su precio llevada a cabo sobre todo desde el mundo anglosajón (EE.UU. como promotor principal, y GB como colaborador necesario).

5º) El proyecto de la UE era insostenible desde el puntos de vista medioambiental y energético. Las economías periféricas han visto crecer su PIB durante una década o así, gracias a promover un modelo económico insostenible medioambientalmente: basado en la utilización extensiva de los recursos, bien en una agricultura basada en la utilización masiva de agua, fertilizantes, insecticidas, semillas transgénicas, etc; bien en sector de la construcción poco respetuosa con los ecosistemas, promoviendo el deterioro de las costas, las dehesas, las vegas, etc.; basado en la utilización de una energía importada, o creada mediante centrales nucleares u otros procedimientos peligrosos, contaminantes y agresivos con la biosfera. Etc.  

            La asunción de una moneda única, como fase de la recomposición del capital, hace pivotar todo el peso de la reestructuración económica sobre el salario, ante la imposibilidad de depreciar la moneda. ¿Podría haberse realizado de otra forma? Seguro. Pero el capitalismo es como es. Y sus guardianes neoliberales son los que han dirigido el proceso de unificación europea.

            Ya queda dicho que la globalización del capital financiero es una estrategia capitalista de los neoliberales cuya finalidad es recomponer la deteriorada rentabilidad del capital. Y los corolarios de esta estrategia son la reconfiguración del sector empresarial, la supresión de sectores más costosos por la supervivencia en ello de las medidas de estímulo keynesiano, y el sometimiento del movimiento obrero para abaratar costes y garantizar la paz social durante la transición de un modelo a otro. En la construcción de la UE se inserta esa estrategia en el núcleo oculto del proyecto. La adopción del euro como moneda única para los países con modelos proyectos productivos desarrollados y para los que no lo tenían tan desarrollado, ha culminado el proceso, adoptando para el funcionamiento de la moneda unitaria tres reglas de oro: desregulación, liberalización y privatización.

            El cuño neoliberal se muestra descaradamente en el Tratado de Maastricht primero, y después en los pasos adoptados en la eurozona para preservar la estabilidad del euro: independencia del BCE y limitación de sus funciones al control de la inflación, estancamiento del volumen presupuestario de la Unión, reforma financiera para la concentración bancaria, debilitamiento de los estados de bienestar o supeditación del gasto social al ajuste financiero, etc. Todo esto empezó en los 70 y 80 con un proceso de desregulación de los mercados bursátiles, bancarios y monetarios internacionales, impulsado políticamente por la revolución conservadora de Thachter y Reagan, y siguió profundizándose hasta la obligación de constitucionalizar como política fiscal la prioridad del pago de la deuda soberana sobre el resto de los gastos, incluido el gasto social (en España, pacto del bipartidismo PP-PSOE en el verano de 2011 para cambiar el art.135.3 de la Constitución Española).

            Pero dentro de Europa también existen países ricos y periferias. A los países periféricos (los PIIGS) nos dieron el caramelo de las ayudas para hacer autovías (para que los productos de las grandes multinacionales llegaran hasta el último rincón de nuestras geografías), para ayudar a ir recortando nuestras producciones agrarias, a ir desmantelando nuestra industria y sustituirla por el sector inmobiliario que les permitía invertir y sacar dinero fácil, e incluso enmascarar sus negocios turbios, mientras ayudaban a crear el espejismo del pleno empleo y el “España va bien” de la época de Aznar, etc. Era un caramelo envenenado.

            Se ha producido un amplio trasvase de rentas desde las economías periféricas hacia las más desarrolladas, pues durante todo el periodo se han producido varios factores que así lo han propiciado:

1º) hemos asistido al aumento de los déficits de las balanzas por cuenta corriente de los periféricos, mientras que las economías centrales consolidaban un incremento progresivo de sus superávits. Esto las permitía exportar capital hacia las primeras, endeudándolas más. Alemania, Holanda y otros, nos han endeudado, se han enriquecido vendiéndonos sus productos y encima se han llevado a nuestros jóvenes mejor formados y preparados.

2º) en estos países relativamente menos avanzados se han sufrido mayores niveles de inflación, y por tanto  su tipo de cambio ha ido apreciándose, agudizando aún más su desventaja competitiva; cuestión que e agrava en el marco de una moneda única.

3) la adopción del euro por parte de los PIGS mejora la capacidad de importar bienes y servicios del exterior, pues se abaratan las exportaciones, mientras que los menores tipos de interés abren su capacidad de endeudamiento, lo que obstaculiza la competitividad externa para exportar.

                      d) La insostenibilidad del “España va bien”

            En España (en otros países ha sucedido lo mismo) los sectores conservadores nos han intentado convencer de que los ciudadanos españoles hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Se trata de una excusa para echar sobre las espaldas de los más débiles el peso de la crisis, pues las cifras de Eurostat dicen lo contrario: en porcentaje sobre el PIB, la masa salarial ha caído en un punto (del 49’2% al 48’2%) en el periodo 2001-2010, a pesar de que en ese mismo periodo el número de personas ocupadas pasó de 16.146.300 a 18.456.500. Es decir, casi 2’3 millones de personas más empleadas que, por término medio debían recibir una menor remuneración salarial para que, como consecuencia, la participación de la renta disminuyera.

            “España va bien”, decía el entonces presidente Aznar después de descubrir la piedra filosofal de convertir por ley todo el suelo patrio en urbanizable. Desde antes, el “milagro” español se había producido gracias al ahorro externo del que la economía española era altamente dependiente, canalizado hacia el interior gracias al sistema financiero. Se llegó a acumular un déficit del 10% del PIB en 2008. Por eso cuando la liquidez internacional se contrae por la crisis de los derivados financieros, la economía española sufre más, pues las cajas de ahorros se quedan sin capacidad de dar créditos y préstamos que financiaran su sector “milagro”, el inmobiliario. Tampoco los bancos se libran de esta crisis, pues tienen comprar activos para evitar que se les acumulara la deuda. La verdad incontestable para Zapatero y Fernández Ordóñez (presidente del BdE) de la incuestionable fortaleza del sector financiero español, se viene abajo.

            Ni España iba bien, ni el sector financiero aguantó el primer soplido de la crisis de liquidez. El colapso del crédito convierte la crisis financiera en crisis de la economía real: los estímulos a la demanda interna se evaporan, las economías domésticas sufren un proceso de “desapalancamiento”; el consumo privado se reduce sin poder ser sustituido por el consumo público. Y las empresas sufren otro tanto de lo mismo, sobre todo aquellas cuya liquidez diaria depende del acceso al crédito a corto, y del aplazamiento de los vencimientos de la deuda acompasando su amortización a su capacidad y fases de ingresos y ahorros.

            La deuda soberana española era menor que la de países como Alemania, Francia y otros punteros en la UE. Pero ha ido creciendo porque el Estado ha asumido la crisis bancaria como propia. Es decir: los gobiernos de Zapatero y Rajoy han optado por endosarnos a todos los ciudadanos (vía ajustes presupuestarios) el coste de los diversos rescates de las entidades financieras que deberían haber declarado la quiebra. El rescate del sistema financiero hasta mayo de 2009 se elevaba hasta el 14’3% del PIB mientras que en medidas de estímulo fiscal, es decir, las dedicadas a la economía real, el esfuerzo apenas llegaba al 0’8% del PIB. Hoy el dinero puesto a disposición de los bancos y cajas de ahorro por el Gobierno se eleva a más de doscientos mil millones de euros (19’1% de los 1.049.000 millones de euros que es el PIB española a estas alturas de 2013).

            En una situación así, la prima de riesgo de los títulos se ha subido por las nubes, pues los mercados financieros, azuzados por las agencias calificadoras, no han querido arriesgarse, y han aprovechado la oportunidad de disciplinar las cuentas públicas, mediante planes de ajuste que han despreciado la repercusión que estas medidas iban a tener en las tasas de crecimiento económico y la creación de empleo. ¡Austeridad!, mientras ellos seguían cobrando sueldos de escándalo, pensiones millonarias, beneficios crecientes, y posibilidades de nuevos negocios en las empresas públicas privatizadas por sus amiguetes los políticos corruptos. Ojo, el concepto de “corrupción” que hay que utilizar no es subjetivo, sino objetivo: no solo es corrupto quien aprovecha la ocasión de la privatización para lucrarse él y sus allegados, sino quien “cree” en la utilización de la privatización incluso de entidades públicas rentables, -como si este mecanismo no fuera en si una expropiación del patrimonio común-, antes que utilizar otros mecanismos para superar problemas de liquidez en las finanzas públicas, aplicando las propiedades privadas de los ricos, que deben estar al servicio del interés general, como dice el art.129 de la Constitución.   

            Esa austeridad es el camino equivocado: justo en el momento en que el ámbito privado (doméstico y empresarial) necesita el apoyo y estímulo del ámbito público para seguir consumiendo e invirtiendo, cuando la economía requiere que ante el estancamiento de la economía privada, ésta sea sustituida por la pública, los neoliberales imponen la contracción del gasto público, aumentan el precio del dinero prestado, y priorizan el pago de la deuda, ya. España no puede devaluar su moneda, pues la peseta ya no existe, y política del euro va por los derroteros del ajuste fiscal. El principal riesgo no es realmente el incremento de la deuda, sino la merma de ingresos públicos derivada de la contracción de la economía. De casi 20 millones de españoles afiliados a la Seguridad Social hemos pasado a menos de 17, ¡3 millones de trabajadores menos! Ese es el verdadero drama y el verdadero problema económico español: el capitalismo nos impone prescindir del trabajo y el consumo del 28% de la población activa (más de 6 millones de personas en condiciones de trabajar, pagar impuestos y cotizar a la Seguridad Social), y del 57% de los jóvenes (la generación mejor preparada en toda nuestra historia).  

            La crisis financiera provocó una crisis económica, y ésta se está transformando en una crisis social de grandes dimensiones: paro insostenible, pobreza severa que alcanza a más de millón y medio de españoles y españolas, exclusión social de sectores de la población que antes eran clase media, recortes de prestaciones y derechos sociales, ruptura de los mecanismos de paz social, relaciones laborales y sociales a la deriva… La única duda razonable es saber hasta cuándo puede aguantar el sistema esta situación.

            Lo que no nos contaron es que todo el oropel de la época de la abundancia era puro espejismo. El euro tenía truco. No sólo porque de salida significó una devaluación en nuestro coste de vid más inmediato, los productos de primera necesidad, que subían del “todo a cien” (pesetas) a “todo a un euro” (167 pesetas). El peor engaño consistía en ocultarnos que la integración en el euro conllevaba la redefinición de una nueva división internacional del trabajo.

 

4. La insostenibilidad política

            Entendida la política como el arte de establecer y gestionar la convivencia de un pueblo, política siempre habrá. Y dicen que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos. Después de la experiencia franquista en España y del contexto europeo de las dictaduras del nazismo (no sólo en Alemania, sino en toda la Europa invadida por Hitler) y del llamado “socialismo real” en la URSS y los países del Este europeo, la democracia se nos presentaba como el horizonte desde donde más fácilmente podíamos los trabajadores y demás capas populares ir construyendo la transición hacia el socialismo. De hecho, tanto los ciudadanos como la clase obrera y sus sindicatos han avalado el sistema capitalista con la rúbrica de la paz social y las políticas “de adhesión”, durante los casi tres decenios en que el capitalismo se limitaba a retocar el mercado de trabajo e ir completando a cambio el incipiente Estado del Bienestar de que gozábamos, mediante políticas de impulso keynesiano, con medidas como la universalización de la sanidad pública, la mejora de la educación pública con más infraestructuras, ayudas y menos ratio alumnos-profesor en las aulas, las mejoras del sistema público de pensiones con las pensiones no contributivas y los complementos a mínimo, las garantías del Pacto de Toledo, introduciendo la protección a las personas dependientes, a las mujeres víctimas de la violencia de género y a los menores, etc. Tan sólo han existido focos de resistencia antisistema en las luchas obreras contra las grandes reconversiones: la agraria, la industrial… y en los 100 justos de Abraham en que se convirtió el PCE y su invento de “tecnología punta”, como le gustaba a Anguita calificar a IU.   

            Pero hoy las cosas han cambiado. Fruto de la crisis socioeconómica, de los excesos de depredación bancaria (desahucios despiadados, estafas como la de las preferentes, emolumentos y jubilaciones millonarias de los altos directivos), y de la salida a los medios de comunicación de los diferentes escándalos de corrupción política, la fe ciega en la democracia se tambalea, el sistema político se hace más insostenible. Y aunque la mayoría del pueblo sigue teniendo muy arraigadas sus convicciones democráticas, cada vez son más mayoritarias las posiciones de quienes, o directamente reclaman un nuevo tipo de democracia más participativa (Democracia Real Ya!, 15-M, Plataforma Stop Desahucios, y otros), o apoyan actitudes o personajes populistas, que hasta ahora no han cristalizado en fuerzas políticas de extrema derecha, pero que un día podrían hacerlo. La extrema derecha parafascista existe en España. Su identidad se enmascara en sindicatos como Manos Limpias o el Safja, en las NN.GG. del PP, o en las alternativas a Rajoy por su derecha (el Carajillo Party liderado por Esperanza Aguirre, la salvadora de la patria que impulsa Pedro Jota desde El Mundo).

            Lo que hoy vivimos como “democracia” no es otra cosa que lo que Naredo llama “proceso de refundación oligárquica del poder que da paso a un neocaciquismo disfrazado de democracia”. Como dice Marcos Roitman (El Pís, 11/7/2009), “los corruptos se han adueñado del espacio social”, “una economía de mercado no es compatible con la democracia”. Ya hemos visto cómo la UE ha procedido a imponer líderes tecnocráticos en Grecia o Italia (Papademos y Monti, respectivamente). En España no fue necesario: bastó con ponerle a Zapatero la soga al cuello y él solito se ahorcó. Pero en el fondo, a los burócratas de la UE les estorba la opinión del pueblo, pues el ejercicio de la expresión popular, la democracia tanto si es directa o participativa como la simple democracia representativa, puede desestabilizar la calma chicha que requieren los mercados para no perturbar la estabilidad del euro.

            Es decir: para que los mercaderes ganen en los mercados competitivos, mejor que el pueblo no respire. Y sobre todo en esta fase de acumulación-concentración del poder financiero, en que es dudoso que la crisis responda realmente a causas verdaderamente económicas. David Harvey se pregunta en “Breve historia del neoliberalismo”: “¿Qué pasa si el objetivo neolib no tiene nada que ver con el aumento productivo ni con el crecimiento económico, sino con el reforzamiento (o establecimiento, en el caso de China y Rusia) de una nueva superélite, la restoration of class power?”.   

            Pero la política económica de los ricos no satisface las expectativas de la ciudadanía. Las encuestas reflejan un creciente malestar, una desafección cada vez mayor hacia todo lo que huela a “oficial”: los partidos políticos, los sindicatos, etc. La gente no le otorga su representación a nadie así como así. Está en crisis es la democracia representativa. Pero ello no quiere decir que aún existan fórmulas acabadas de democracia participativa que enrolen masivamente a la gente. La mayoría social –inconsciente de su propia identidad y fortaleza- sigue “adherida” al sistema político representativo, lo mismo que sigue soportando estoicamente el capitalismo y sus excesos, por más que proteste, maldiga sus consecuencias, e incluso alguno acabe abandonando dramáticamente esta vida, siempre en solitario, buscando “salidas” individuales.

            Del espacio de la política la “democracia representativa” debe ser desalojada, y sustituida por la democracia participativa. Y al tiempo, en procesos paralelos o simultáneos, en el espacio económico el poder de la oligarquía capitalista debe ser sustituido por el poder económico de la mayoría social, la democracia económica.

  David Schweickart ha desarrollado el concepto “democracia económica” en su libro “Democracia económica: ¿un socialismo que realmente funciona?” (Cristianismo y Justicia, núm.53, Univ.Chicago, 1993), así como en otras tales como “Más allá del capitalismo” (Ed.Sal Terrae, 1997), como un modelo de socialismo de mercado con planificación descentralizada de las inversiones y con democracia en el trabajo. Una base de su tesis es la experiencia de la empresa privada y cooperativa vasca, ahora multinacional, Mondragón Corporación Cooperativa. Entre sus ideas clave están la autogestión del trabajo, incluida la elección de los supervisores, más no de la propiedad; la gestión democrática de las inversiones de capital a través de la banca pública; un mercado mayoritariamente libre para las mercancías, materias primas, instrumentos de la producción, etc., aunque intervenido; mecanismos de proteccionismo comercial para hacer cumplir la igualdad entre las naciones; las empresas y las fábricas son propiedad de la sociedad y administradas por los trabajadores, a partir de jurisdicciones locales, y compiten en los mercados para vender sus mercancías, siendo el beneficio compartido por los trabajadores; cada empresa se grava del capital que emplean, y el impuesto es distribuido a los bancos públicos, que financian la ampliación de la industria existente y la nueva.

  El cooperativismo, las sociedades laborales y la economía social, en general, así como la banca ética, son experiencias básicas para alumbrar el desarrollo de la democracia económica.

  

5. La insostenibilidad medioambiental

            El sistema capitalista está empezando a considerar la necesidad de evitar las externalidades medioambientales, que, como queda dicho, son sólo una clase particular de externalidades o efectos externos del modelo económico. Se han cuenta de que hacer caso omiso a la depredación de los recursos naturales es matar la gallina de los huevos de oro. Pero la lógica capitalista llega hasta ciertos límites: los compromisos de los Estados llegan todo lo más a pagar la producción peligrosa o contaminante, pero no a renunciar a ella.

            La insostenibilidad del modelo se refleja no sólo en las nefastas externalidades sociales que genera, ni en las medioambientales, que veremos a continuación, sino incluso en el modelo de indicadores con que las instituciones oficiales miden la realidad: el PIB, los tipos de interés, la productividad, la ocupación y el paro…, olvidándose de medir la intensidad energética de la economía, el consumo de recursos (agua, suelo, energía) por cada unidad de PIB y de empleo generada, el grado de presión sobre los recursos naturales y los espacios ambientales, etc. Todo un síntoma. Los indicadores económicos al uso no son inadecuados sólo desde el punto de vista medioambiental, sino también desde el punto de vista social: tampoco miden la distribución de la riqueza, la eficiencia de la economía para resolver los problemas de exclusión social, de desprotección frente al paro, etc. Pero si algún ángulo de la poliédrica realidad económica queda sin medir es de lo medioambiental. Las externalidades de todo tipo deberían ser debidamente cuantificadas e incorporadas en el marco de un análisis coste-beneficio de las decisiones públicas o privadas de la sociedad: en el capítulo de incremento de costes, debería contabilizarse el aumento en la morbilidad y enfermedades como resultado de la contaminación atmosférica, por ejemplo, o los daños por inundaciones en zonas rurales, o en la producción agroganadera, etc.; y en el de los ingresos, los beneficios derivados de la reducción de la contaminación de las aguas en la cabecera de los ríos, por ejemplo.

            Los economistas del sistema argumentan que es difícil cuantificar monetariamente estas externalidades, y por tanto, adoptar decisiones políticas sobre su tratamiento en el análisis económico tanto de las empresas como de los organismos institucionales, pues son “efectos intangibles”. Nada más falso. La atención sanitaria derivada del uso del tabaco, por ejemplo, es ya una realidad; lo mismo podría hacerse con la toxicidad de las emisiones de CO2 a la atmósfera, o la movilidad insostenible de los automóviles, o el coste de la construcción y mantenimiento de las autovías, etc. Sin hablar del desequilibrio provocado en la balanza comercial de nuestro país, sin ir más lejos, derivado de las importaciones de productos derivados del petróleo. Excusas. Los economistas han desarrollado una gran capacidad analítica y múltiples herramientas para reducir a cifras las variables de todo tipo. De hecho, como consecuencia del protocolo de Kyotto la UE ha creado un auténtico  mercado de permisos negociables de emisiones de gases de efecto invernadero, fruto de esa reducción a términos monetarios de esa externalidad medioambiental.

            En general, la contribución del análisis económico a la definición de políticas ambientales integradas se ha circunscrito a dos fenómenos: los mecanismos de la incentivación del cuidado medioambiental, y los procesos de decisión pública en el análisis coste-beneficio, o en el análisis de la eficiencia, esto es, del coste-eficacia. Pero hay que exigir más en este ámbito de cosas. Se reconoce y utiliza la aportación de los economistas como expertos financieros. Pero no a la hora de evaluar el valor añadido o la eficiencia en el análisis de impactos sobre el bienestar, y en consideraciones distributivas: por ejemplo, la “igualitaria” distribución de los costes del suministro del agua.

            Los conocimientos económicos deben servir también a la hora de identificar necesidades, proponer políticas o evaluarlas, bien para evitar errores, bien para extender experiencias positivas. Y en diversos ámbitos de la realidad: en el docente, para incidir en la investigación, divulgación y formación; en la política, para que las diferentes políticas públicas o decisiones privadas cuenten previamente con el análisis de los costes y los beneficios tanto positivos, como negativos, para evitar las externalidades de todo tipo, incluidas las medioambientales.

            Hay múltiples ejemplos que avalan la necesidad de extender este punto de vista. Un ejemplo de libro es la adopción de las decisiones sobre el acceso a las fuentes energéticas: los gobiernos suelen optar por el uso de fuentes no renovables e intensivas en emisiones contaminantes, pues entienden que la generación de un kWh es menos costosa, pese a que las oscilaciones al alza del precio del petróleo ayuden a veces a pensar lo contrario; pero incluso aunque sea así en términos estrictamente financieros, si se computa en el cómputo las externalidades de cada tecnología de generación a lo largo del ciclo de vida de dicho kWh, el resultado puede ser el contrario. Otro ejemplo lo tenemos en el diseño de los impuestos sobre combustibles: se hace desde el punto de vista del incremento recaudatorio, no para introducir desincentivar la contaminación atmosférica y evaluar los costes que ocasionan daños que provoca sobre la salud humana, sobre las explotaciones agrarias, sobre el patrimonio inmobiliario de las ciudades o sobre los ecosistemas. Lo mismo sucede a la hora de priorizar el modelo de transporte urbano.

            ¿Qué externalidades medioambientales deberían evaluar el análisis económico para contribuir a un desarrollo sostenible? Las externalidades de las actividades de transporte, de la generación de energía, de los impactos asociados al calentamiento global o la valoración de daños sobre ecosistemas, u otros elementos en relación al concepto del ciclo de vida.            

            – las grandes infraestructuras de suministros de recursos esenciales para la vida humana (agua, electricidad, saneamiento) han logrado poner las redes locales en manos de las multinacionales, centralizando los servicios y encareciéndolos en función del insaciable deber capitalista de incrementar los beneficios empresariales por encima de la rentabilidad (presunta) que el capital podría obtener si se dedicase a la especulación financiera. La excusa para la privatización de los servicios es la complejización de la vida urbana, y la necesidad de grandes inversiones. Estos costes deben ser soportados por igual por todos los ciudadanos, al margen de sus diferencias de renta.

            – el incremento de la movilidad del automóvil, los costes asociados a la obtención de beneficios de las empresas concesionarias que centralizan la producción y distribución de los servicios del transporte, así como los diferentes impactos de los medios de transporte, entendiendo que el ferrocarril y la movilidad no motorizada son medioambientalmente más sostenibles.

            – lo mismo sucede con las políticas acerca del tratamiento, transporte y depósito de residuos. La opción por implementar políticas de reducción y descentralización del compostaje es acertada. Y el tratamiento fiscal del transporte de sustancias tóxicas y peligrosas es otro ejemplo de “buenas prácticas”. Asimismo, las sanciones administrativas deben agilizarse para evitar que pase como en el lamentable caso de la balsa de Aznalcóllar.  

            – mención especial debe hacerse a la política de preservación del suelo. El capitalismo español no ha escarmentado por el batacazo del sector inmobiliario: siguen añorando los años dorados en que todo el suelo era urbanizable. Afortunadamente ya no es posible la vuelta atrás, por estrictos motivos economicistas: no hay dinero ni créditos fáciles para comprar alegremente las casas que estarían dispuestos a construir de nuevo. Pero cabe una reconversión sostenible del sector, hacia la rehabilitación del patrimonio inmobiliario, y las infraestructuras aún por concluir de cara a la expansión del bienestar (servicios del transporte ferroviario, sanitarios, hospitalarios, educativos, universitarios, centros de I+D+i, formativos, de la sociedad del conocimiento y la comunicación, etc.).

            – el suelo rural merece una mención especial: frente al abandono de la agricultura tradicional y la depredación de bosques, dehesas y playas por intereses urbanístico-especulativos, hay que priorizar la potenciación de las vegas; frente a la disminución de los espacios naturales, el reforzamiento y protección efectiva; en general, debería centrarse la supresión de externalidades en el medio rural, así como otros polos de oportunidad en el cuidado medioambiental y en las energías renovables.

            – las propuestas de transición debe centrarse en las propuestas de gestión ligadas a estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático, clave por su incidencia en los recursos clave para la economía andaluza, como son el agua, el suelo, el clima y el territorio.

                       

5. Previendo el “mientras tanto”en Andalucía

            El modelo que nos impone el capitalismo neoliberal globalizado actualmente es insostenible desde todos los puntos de vista. Y lo peor es que, como dice Fernando Alcalde, “su reorientación tecnológica está intelectualmente derrotada, pues es generadora de paro, de desigualdades y de empobrecimiento de las generaciones futuras”. Pero una cosa es que desde el deber ser (aspectos filosóficos, éticos, y hasta estéticos) el capitalismo esté derrotado, y otra bien distinta que esa derrota vaya a producir por sí sola un cambio de sistema. Nada más lejos de la realidad. Lo más sensato es prever una larga etapa de transición desde el capitalismo derrotado hacia el socialismo que se vislumbra en el horizonte. Y por tanto, el primer deber del revolucionario sigue siendo “hacer la revolución”, como decía Mao. Esto es, pasar de la filosofía a la política, y de la teoría a la praxis, sin prescindir –eso sí- de los pasos intermedios. 

            ¿Cómo prepararnos para ese futuro? He ahí la cuestión. Ideas no faltan: Frente a centralización de las grandes infraestructuras de servicios como el agua, descentralización o gestión local del suministro, depuración y potabilización allí donde sea posible; creación de nuevas redes eléctricas y generación y  distribución de base renovable que permite un abastecimiento más eficiente, barato y cercano; potenciación del transporte público, especialmente ferroviario, y de la bicicleta, para frenar la presión contaminante y masificadora del uso del automóvil; compostaje de residuos gestionados de forma descentralizada; potenciación de la economía del conocimiento y las nuevas tecnologías (desarrollo de las energías renovables, infraestructuras educativas y formativas); soberanía alimentaria, vuelta a la agricultura, al cuidado de las vegas, de las dehesas y de los montes, y comercio de proximidad; etc. No es hora de adelantar el programa de la izquierda, que debe hacerse de forma participativa.

            La transición debe centrarse en dos aspectos fundamentales:

            A) Diseñar un modelo de desarrollo sostenible y democracia económica que priorice los valores humanos, cuyo crecimiento económico se desacople del consumo de recursos y de las emisiones contaminantes, en el contexto de un territorio que cumpla las funciones y servicios ambientales, a la vez que garantiza la integridad de los ecosistemas. Valores como son el grado de formación, la esperanza de vida, el acceso a servicios culturales,  ambientales, sociales y médicos, así como de renta disponible; y funciones y servicios ambientales como son: clima, disponibilidad de agua, producción de biomasa, producción agraria y forestal, producción pesquera, control de deslizamientos y erosión, etc.

            B) Hacer política para la transición en y para Andalucía: Andalucía es un proyecto inacabado, que ya antes de la crisis necesitaba más crecimiento, pero sobre todo más desarrollo sostenible, es decir la reorientación de una forma de crear riqueza, pues la “estrategia de la competitividad” o de la primera y segunda modernización,  ha demostrado sus previsibles limitaciones.

            Andalucía necesita más desarrollo, a secas: suena a utópico decir que Andalucía necesita invertir en su red de infraestructuras y equipamientos, aún incompleta, justo en unos momentos en que vamos a discutir cómo recortar el presupuesto en 2.000 millones de euros (justo los que el Gobierno del PP se niega a transferir a Andalucía para el 2014, pese a tener derecho a ello). Pero hay que mantener la reivindicación frente a los recortes centralistas del Estado y la derecha extrema que nos gobierna. Pues sigue siendo cierto que necesitamos sobre todo redes ferroviarias y de cercanías metropolitanas que reorienten hacia una movilidad sostenible la opción ochentista realizado a favor del transporte viario, que nos hace más dependientes de los combustibles fósiles, de los coches privados. Lo mismo hay que decir sobre las redes de servicios sanitarios, educativos, universitarios y de prestaciones y servicios sociales. La convergencia andaluza con la media española y europea seguía siendo una asignatura pendiente antes de la actual crisis iniciada en 2007. El paro en julio de 2007 llegó a ser el 12% en Andalucía, mientras que en España había bajado al 8%; hoy que España tiene un 27%, Andalucía está en el 35,79% (1.440.400 parados según la EPA). La renta per cápita española era en 2008 un 104% de la media europea y ahora está en el 97%, y la andaluza era de un 84% en 2007 y ha bajado al 78%. 

            Estos indicadores y los demás resumen el resultado de un desigual reparto de papeles en el desarrollo de la estructura productiva en España, en la que a Andalucía que tocaba jugar las bazas de una economía periférica, subordinada, dentro de la periférica economía española: el modelo económico estaba basado en la construcción, vendiendo Andalucía por parcelas, dando rienda suelta a la especulación urbanística para propiciar la acumulación capitalista, para financiar con ella el pasaje de la nueva (y la vieja) burguesía andaluza hacia un puesto en el nuevo orden económico globalizado, y a cambio repartir el espejismo de un mini bienestar para los de abajo. Los sectores punteros de Andalucía tenían los pies de barro: construcción, turismo y servicios de baja calidad, con una clamorosa ausencia de política industrial, y la existente en fase de cierre por deslocalización (Delphi, Santana, etc.) o por pérdida de las ayudas a las renovables. Y para colmo de males, la reforma financiera ha desmantelado las cajas de ahorro de matriz andaluza, salvo Unicaja, impidiendo desarrollar el viejo proyecto de consolidar un poder financiero autónomo de Andalucía.

            La crisis ha afectado más letalmente a Andalucía que a España, lo mismo que a afectado más a España que a otros países del entorno europeo. El socialismo acomplejado y aprovechado del PSOE-A que ha gobernado durante estos últimos 30 años de autogobierno andaluz, no sido capaz de implementar un cambio de modelo productivo. Las ideas para la transición hacia ese nuevo modelo productivo sostenible en Andalucía están dadas: desarrollo industrial basado en la innovación y el desarrollo de las energías renovables, en la industria agroalimentaria, en la biomedicina, en los servicios avanzados, en el patrimonio histórico y cultural, en la oferta de ocio diversificada y cualitativamente renovada, en la alianza con los agentes socioeconómicos de base, autóctonos, que garanticen el desarrollo endógeno ligado al territorio, de forma que la riqueza y el empleo creados no se vaya fuera, sino que se queda dentro del suelo andaluz.   

Hoy más que nunca es necesaria la política. Pero una política en la que crea la gente, en la que los andaluces y andaluzas sean protagonistas. Se impone la renovación de la política. Pero no solo de caras. Es de agradecer el gesto de Griñán, pero no basta. El PSOE-A debe recomponer el espacio socialdemócrata que ha quedado vacante en España y en Andalucía. Algo está ayudando a ello el cogobierno andaluz con IULVCA, y los fallos del PP-A de Zoido. Pero Susana Díaz debe encabezar en el PSOE-A un giro hacia la izquierda que con la mirada puesta en la transición hacia el modelo de desarrollo sostenible y la democratización de la política y la economía andaluzas.  

Excuso decir que IU LV-CA tiene que seguir la senda que ya se marcó en 1984, de convocar a los andaluces y andaluzas a aportar propuestas y trabajo social y político para ir abriendo el camino a ese nuevo proyecto de Andalucía. Ya ha dado un paso importante, al mancharse las manos como predicaba Camus, convirtiéndose en una fuerza política de lucha y de gobierno. De la filosofía a la política, y de la política concreta, a la teorización sobre la praxis. La Convocatoria Social debe superar el estrecho marco de las organizaciones sociales “clásicas”, reinventando y articulando el asociacionismo andaluz. Y devolviéndole a la sociedad andaluza el don de la política.

PVP130826